El 2026 arrancó en el Valle de Toluca y Santiago Tianguistenco con un recordatorio incómodo: aquí, celebrar sigue siendo sinónimo de contaminar. Mientras muchos esperaban un nuevo comienzo, la realidad fue una contingencia ambiental atmosférica Fase I decretada desde las primeras horas del 1 de enero por la Secretaría del Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible.
A las 9:00 de la mañana, los monitores de calidad del aire ya marcaban cifras alarmantes de partículas PM2.5. En Almoloya de Juárez se registraron 88 µg/m³; en Xonacatlán, 83 µg/m³. Y aunque el comunicado oficial guardó silencio, en Ixtlahuaca los niveles habrían alcanzado hasta 161 puntos de contaminación. Un amanecer gris, literal y simbólicamente.
La autoridad no dejó lugar a dudas sobre el origen del problema: fogatas improvisadas, quema de pirotecnia y celebraciones sin control, agravadas por condiciones meteorológicas que impidieron la dispersión de contaminantes. No fue un fenómeno natural inesperado, sino una consecuencia anunciada.

Restricciones para todos, errores de unos cuantos
La respuesta institucional llegó en forma de medidas que impactan a toda la población: suspensión de actividades que utilicen leña o carbón sin control de emisiones, recomendación de permanecer en interiores para grupos vulnerables, cancelación o aplazamiento de eventos deportivos y culturales, barrido húmedo de calles y, como golpe directo a la movilidad, Doble Hoy No Circula para el 2 de enero.
Las restricciones vehiculares abarcan desde automóviles con holograma “2” y “1” (terminaciones específicas), hasta unidades con holograma “0” y “00”, además de limitaciones al transporte de carga, gas L.P., taxis y vehículos sin holograma. La vida cotidiana, el trabajo y la economía local vuelven a ajustarse por un problema recurrente.
¿Conciencia ambiental o castigo colectivo?
Aquí surge la contradicción de siempre: quienes cumplen la ley y no encendieron fogatas ni lanzaron cohetes pagan el mismo precio que quienes sí lo hicieron. La justicia ambiental parece diluirse cuando la sanción es generalizada y la responsabilidad individual queda impune.
Las fogatas y la pirotecnia ya no pueden seguir escudándose en la tradición. No son actos inofensivos ni culturales cuando derivan en aire irrespirable, riesgos para la salud y restricciones masivas. La verdadera conciencia ambiental no se limita a emitir recomendaciones, sino a prevenir y sancionar prácticas contaminantes de forma directa y efectiva.
El Valle de Toluca no debería acostumbrarse a iniciar el año bajo alertas de contaminación. Celebrar no puede seguir estando por encima del derecho colectivo a un ambiente sano. Si el 2026 quiere ser distinto, la reflexión debe traducirse en responsabilidad real: individual, social y también gubernamental.
Respirar aire limpio no es un privilegio. Es un derecho que, año tras año, seguimos comprometiendo por decisiones evitables.