La pérdida territorial frente a Estados Unidos es uno de los capítulos más determinantes y dolorosos de la historia de México. Aunque suele describirse como una “compra”, los hechos ocurridos a mediados del siglo XIX muestran un proceso marcado por la guerra, la presión militar y una profunda asimetría de poder que terminó por redefinir el mapa de América del Norte.
El episodio clave fue la guerra entre México y Estados Unidos (1846-1848), detonada tras la anexión de Texas por parte del gobierno estadounidense, un territorio que México nunca reconoció como independiente. Bajo la presidencia de James K. Polk, Estados Unidos impulsó el conflicto respaldado por la ideología del Destino Manifiesto, que sostenía que su expansión territorial era inevitable y legítima.
La derrota militar mexicana obligó al país a firmar el Tratado de Guadalupe Hidalgo en 1848. Mediante este acuerdo, México cedió cerca de 2.3 millones de kilómetros cuadrados, equivalentes a más de la mitad de su territorio original. Las tierras entregadas dieron origen a lo que hoy son California, Nevada, Utah, Nuevo México, Arizona y partes de Colorado y Wyoming. A cambio, Estados Unidos pagó 15 millones de dólares y asumió algunas deudas con ciudadanos estadounidenses, aunque la ocupación militar previa deja claro que no se trató de una negociación entre iguales.
Cinco años después, en 1853, se concretó un nuevo ajuste territorial con la Venta de La Mesilla, durante el gobierno de Antonio López de Santa Anna. México vendió una franja del norte —actual sur de Arizona y Nuevo México— por 10 millones de dólares, con el argumento de enfrentar la crisis económica y facilitar la construcción de rutas ferroviarias estadounidenses. Esta decisión fue duramente cuestionada y profundizó la percepción de un Estado frágil y vulnerable ante la presión extranjera.
Las consecuencias de estos acuerdos marcaron el rumbo de ambos países. Para Estados Unidos significaron la consolidación de su expansión continental y el fortalecimiento de su poder económico y político. Para México, representaron una herida histórica, la pérdida de vastos recursos naturales y una experiencia que aún pesa en la memoria colectiva nacional.
Más que una simple transacción territorial, la llamada compra de territorio de Estados Unidos a México fue el resultado de la guerra, la coerción y la desigualdad. Un episodio que sigue siendo referencia obligada para entender la relación bilateral y los costos de la debilidad interna frente a la ambición externa.