Corrupción, extorsión y violencia en México: la narrativa simulada frente a una crisis real

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La corrupción en México es, sin duda, un tema prioritario en el discurso público. Sin embargo, con frecuencia ese discurso termina diluyéndose en explicaciones incompletas, contradicciones y justificaciones que poco abonan a entender —y mucho menos a resolver— la violencia y la extorsión que hoy afectan al país. Se habla de una “guerra contra el narco” que fue simulada, pero se deja sin aclarar el fondo del problema: cómo esa simulación permitió que la corrupción y el crimen se incrustaran en la vida cotidiana de millones de mexicanos.

La narrativa oficial suele quedarse en la superficie. Se reconoce el fracaso de estrategias pasadas, se alude a decisiones de hace 20 años y se repite que el problema viene de gobiernos anteriores. Pero mientras se mira al retrovisor, se evita responder los cuestionamientos más urgentes sobre la inseguridad que vive México en tiempos modernos. La extorsión, por ejemplo, sigue creciendo sin una estrategia clara que la contenga, y la corrupción continúa siendo el lubricante que permite su expansión.

Llama la atención la pobreza del debate público en torno a estos temas. En lugar de análisis profundos, se imponen discursos evasivos, actos simulados de apoyo y preguntas a modo. Cuando existen cuestionamientos serios sobre violencia, control territorial del crimen y colusión de autoridades, las respuestas suelen ser genéricas, incompletas o cargadas de ideología. El resultado es una sensación de estancamiento: se reconoce el problema, pero no se confronta con decisiones firmes.

Esta narrativa simulada se ha vuelto la viva imagen de los últimos siete años que vive México en el plano político. Un periodo marcado por la insistencia en que “ya no es como antes”, mientras los datos de extorsión, homicidios y desapariciones siguen colocando al país en niveles alarmantes. La corrupción no desaparece por decreto ni por repetición discursiva; se combate con instituciones sólidas, investigaciones reales y consecuencias claras.

En la recta final rumbo a las elecciones, el riesgo es evidente. La inseguridad se politiza, se administra desde el discurso y se utiliza como bandera, pero no como problema estructural que exige soluciones inmediatas. México enfrenta una crisis que no admite evasiones ni simulaciones. La extorsión no espera tiempos electorales, la violencia no distingue narrativas y la corrupción no se disuelve con frases bien construidas.

Mientras la narrativa siga evitando el fondo del problema, la corrupción, la extorsión y la violencia continuarán marcando la vida diaria del país, más allá de campañas, promesas y simulaciones.

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