Durante años, la utilización de la imagen del expresidente Andrés Manuel López Obrador fue, por mucho, el principal instrumento político de Morena. En tiempos electorales se repetía como dogma que su “fuerza de arrastre” era tal que cualquier candidato cobijado por la marca de la Cuarta Transformación ganaría sin mayor esfuerzo. Y durante un periodo, eso fue cierto: bastaba portar las siglas, repetir el discurso y posar junto al líder para acceder al poder.
Hoy esa historia es distinta.
Las condiciones han cambiado y las reglas del juego se están desmoronando conforme pasan los meses. La marca que antes sumaba hoy comienza a pesar. El fenómeno no es casual: responde al desgaste natural del poder, a las expectativas incumplidas y a la distancia entre la narrativa y la realidad.
Ejemplos sobran, pero basta mencionar uno reciente. La declaración de la presidenta Claudia Sheinbaum sobre el litio en México puso de cabeza la retórica que durante años sostuvo López Obrador: que sería una fuente estratégica de prosperidad nacional, al igual que Pemex o la CFE. Sin embargo, la realidad ha demostrado que ni el litio, ni Pemex, ni la Comisión Federal de Electricidad se convirtieron en los motores económicos prometidos. El discurso fue más grande que los resultados.
Y ahí está el fondo del problema.
Hoy pareciera que traer la frente tatuada con la 4T o invocar el nombre de AMLO es sinónimo automático de respeto, honestidad o lucha social. Pero eso es, por decirlo suavemente, falso. La política no se legitima por herencia simbólica, sino por hechos concretos. Cuando la imagen sustituye al trabajo, el proyecto se vacía.
Si utilizamos la misma retórica de siempre, sabemos que dentro del discurso está la trampa. Una trampa que no busca gobernar mejor, sino dividir, polarizar y ganar por desgaste del adversario. Esa fórmula ya es vieja. Y cuando no se aprende de los errores, la historia se repite con consecuencias más costosas.
La polarización no construye el país, sólo administra el conflicto. Y administrar el conflicto no resuelve los problemas reales: inseguridad, economía estancada, servicios públicos frágiles y ciudadanos cada vez más desconfiados del poder.
El lopezobradorismo funcionó como fenómeno político mientras representó esperanza. Hoy corre el riesgo de convertirse en rutina, en dogma, en un discurso automático que ya no conecta con una sociedad más crítica y menos paciente.
En el mejor de los casos, la memoria histórica será justa. Y ahí es donde cada actor político debe hacerse una pregunta incómoda pero necesaria: ¿de qué lado quiere estar cuando el relato se termine y sólo queden los resultados?
Porque la imagen pasa.
La propaganda se agota.
Pero las consecuencias del poder mal ejercido siempre permanecen.
