El oportunismo político: salir en la foto como única estrategia de poder

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En la política mexicana hay una constante que se repite sin importar partido, región o cargo: el oportunismo. No ese que se esconde entre discursos complejos, sino el más burdo, el más evidente, el que no necesita análisis profundo para ser detectado. Basta con mirar una fotografía oficial y leer una narrativa que no guarda relación alguna con el evento que supuestamente justifica la presencia del personaje.

De pronto aparecen políticos de poca monta y presidentes municipales que nadie sabe bien de dónde salen ni a quién representan realmente. No se conoce su trayectoria, no se identifica su impacto en la vida pública y tampoco se observan resultados concretos de su gestión. Pero ahí están: firmes, sonrientes y estratégicamente colocados en la imagen.

Para muchos, la política dejó de ser gestión y se convirtió en escenografía.

La lógica es simple: salir en la foto equivale a existir. Posar junto a figuras de mayor jerarquía funciona como un certificado simbólico de relevancia, aunque en la práctica se viva lejos de cualquier centro real de decisión. La fotografía sustituye al trabajo y la cercanía visual se vende como influencia política.

En municipios pequeños y medianos el fenómeno es todavía más visible. Alcaldes que no resuelven problemas básicos —seguridad, servicios públicos, desarrollo urbano, transparencia— aparecen con sorprendente regularidad en eventos estatales o federales que poco o nada tienen que ver con su responsabilidad directa. No gestionan, no transforman, pero sí posan.

El oportunista político no se define por lo que hace, sino por dónde se coloca.
No se sabe qué propone, pero sale en la foto.
No se sabe qué gestiona, pero sale en la foto.
No se sabe qué resuelve, pero sale en la foto.

Así se va normalizando una política de apariencias donde la forma reemplaza al fondo y la imagen desplaza a la rendición de cuentas.

Cuando se acercan los tiempos electorales el fenómeno se multiplica. Las fichas se mueven antes de tiempo y los reflectores se vuelven obsesión. Presidentes municipales que deberían estar atendiendo crisis locales se convierten en gestores de presencia mediática. Algunos buscan lo que caiga: un cargo, una candidatura, una alianza improvisada o simplemente no desaparecer del encuadre político.

Lo preocupante no es solo que existan estos personajes, sino que el sistema los tolere y, muchas veces, los premie. Se confunde visibilidad con capacidad, cercanía con poder real y exposición mediática con liderazgo. El oportunismo se vuelve rentable porque casi nunca se cuestiona y rara vez se castiga desde la ciudadanía o desde los propios partidos.

Mientras tanto, los problemas estructurales siguen intactos. Las calles siguen rotas, la seguridad ausente, los servicios públicos rebasados y la planeación municipal convertida en discurso. Pero eso sí: hay fotos, hay boletines y hay presencia digital.

La política se vuelve espectáculo.

El ciudadano observa, reconoce los mismos rostros repetidos en cada evento y empieza a entender que, para muchos funcionarios, la función pública no es servicio, sino escenario. No gobiernan: se exhiben. No administran: se proyectan. No resuelven: posan.

Detectar el oportunismo político no es complicado. Lo verdaderamente difícil es dejar de normalizarlo. Porque mientras salir en la foto siga siendo suficiente para simular trabajo, la política seguirá atrapada en una lógica superficial, donde el poder se aparenta, pero pocas veces se ejerce en beneficio real de quienes deberían ser el centro de toda acción pública: los ciudadanos.

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