El socialismo se presenta como una doctrina moral antes que económica. Habla de igualdad, sacrificio colectivo, austeridad y rechazo a los excesos del capitalismo. Al menos, eso dice la teoría. En la práctica venezolana, sin embargo, el socialismo terminó convertido en una caricatura: un discurso de pobreza administrado por una élite que vive rodeada de lujos.
Las imágenes de Nicolás Maduro usando tenis Nike en actos oficiales o portando relojes Rolex valuados en más de un millón de pesos no son simples detalles estéticos. Son símbolos. Y en política, los símbolos importan más que los discursos. Cada marca de lujo expuesta por el poder chavista es una confesión silenciosa de que la revolución dejó de creer en sí misma.
Durante años, el régimen ha culpado al capitalismo de todos los males: de la escasez, de la inflación, del deterioro institucional, del colapso económico. Se ha señalado a las marcas, al consumo, al mercado y a la propiedad privada como enemigos del pueblo. Pero cuando se mira a la cúpula gobernante, el rechazo al capitalismo desaparece misteriosamente al abrir el clóset o mirar la muñeca.
El socialismo venezolano no abolió las clases sociales; las reforzó. Solo cambió los apellidos. La vieja burguesía fue reemplazada por una nueva: la burocracia revolucionaria. Funcionarios que hablan de igualdad mientras disfrutan privilegios inaccesibles para la mayoría. Dirigentes que predican austeridad desde relojes suizos y ropa importada.
El contraste es obsceno. En un país donde millones de personas sobreviven con ingresos mínimos, donde la migración masiva se convirtió en una estrategia de supervivencia, el lujo del poder no solo resulta ofensivo: resulta políticamente revelador. El proyecto socialista no fracasó por el “bloqueo” ni por conspiraciones externas, sino porque se vació de coherencia moral.
Nike y Rolex no son solo marcas. Son emblemas del éxito individual, del mercado global, del estatus económico. Son exactamente aquello que el socialismo dice combatir. Que aparezcan una y otra vez asociadas a la figura de Maduro no es casualidad: es la evidencia de que el discurso revolucionario funciona únicamente como herramienta de control, no como convicción real.
El mensaje que recibe la población es devastador: el socialismo es obligatorio para el pueblo, pero opcional para los gobernantes. La igualdad es un eslogan, no una práctica. El sacrificio es vertical: siempre hacia abajo.
Esta contradicción ha erosionado cualquier legitimidad ideológica que el chavismo alguna vez tuvo. Ya no se trata de izquierda o derecha, sino de una élite que utiliza el lenguaje del socialismo para justificar su permanencia en el poder, mientras disfruta sin pudor de los beneficios del sistema que critica.
La revolución prometió dignidad y terminó ofreciendo resentimiento administrado. Prometió justicia social y construyó privilegios blindados. Y hoy, cada reloj de lujo, cada prenda de marca, cada símbolo capitalista en manos del poder es una prueba más de que el socialismo venezolano no es un proyecto de igualdad, sino un negocio político.
En Venezuela, el problema no es que el capitalismo haya ganado. El problema es que el socialismo se rindió… pero solo para quienes gobiernan.

La contradicción no es exclusiva de Venezuela. En México, Morena repite un guion similar: discurso de izquierda, retórica contra el “neoliberalismo” y apelaciones constantes al pueblo, mientras una parte de su clase dirigente adopta prácticas y estilos de vida muy alejados de la supuesta austeridad republicana. Viajes en primera clase, residencias de lujo, relojes costosos y cercanía con élites económicas conviven sin pudor con un mensaje que condena los excesos del pasado.
Al igual que el chavismo, Morena ha convertido la ideología en una herramienta narrativa más que en un compromiso ético. El socialismo bolivariano y la izquierda mexicana comparten una lógica peligrosa: el capitalismo es malo cuando lo ejercen otros, pero tolerable —incluso deseable— cuando beneficia a quienes gobiernan. En ambos casos, el resultado es el mismo: una élite que habla en nombre del pueblo mientras vive cada vez más lejos de él.
La diferencia es de grado, no de fondo. Venezuela muestra el destino extremo; México, la advertencia temprana.