En la actualidad, el acceso a la información se ha vuelto inmediato, masivo y, paradójicamente, cada vez más confuso. Las redes sociales han abierto la puerta a miles de personas que, con un teléfono móvil y una cuenta digital, difunden mensajes y se autodenominan medios de comunicación. Este fenómeno ha generado una peligrosa distorsión: equiparar la creación de contenido con el ejercicio profesional del periodismo.
Si bien las plataformas digitales son canales válidos de difusión, no todo canal es un medio de comunicación. La diferencia es sustancial y debe ser entendida por la ciudadanía para evitar la desinformación, la manipulación y la banalización de la noticia.
¿Qué caracteriza a un medio de comunicación?
Un medio de comunicación formal no se define por el número de seguidores, vistas o “likes”, sino por una estructura profesional y responsabilidades claras. Entre sus características fundamentales destacan:
- Personalidad jurídica o razón social
Un medio cuenta con un nombre comercial, empresa o asociación legalmente constituida, con domicilio fiscal y responsables identificables. - Línea editorial definida
Tiene criterios claros sobre cómo informa, qué publica y bajo qué principios éticos opera. La información no depende del estado de ánimo o interés personal de un individuo. - Producción de contenido propio
Investiga, verifica, contrasta fuentes y genera información original. No se limita a replicar comunicados o copiar notas ajenas. - Responsabilidad legal y social
Responde ante la ley por difamación, daño moral o información falsa. Asume el compromiso de rectificar cuando incurre en errores. - Separación entre información y opinión
Distingue claramente entre hechos noticiosos, análisis editorial y columnas de opinión. - Plataformas propias de difusión
Opera a través de canales institucionales: radio, televisión, prensa escrita, portales web con dominio propio o concesiones oficiales. Las redes sociales son solo un complemento, no su base operativa. - Profesionalización del personal
Cuenta con periodistas, editores, reporteros y productores, formados o con experiencia en el ejercicio informativo.
El problema de los creadores de contenido
En contraste, la mayoría de los llamados news influencers o creadores de contenido carecen de estas características. Su actividad se concentra en redes sociales, donde el algoritmo dicta las reglas. No informan para generar conocimiento, sino para provocar reacción emocional: enojo, miedo, burla o confrontación.
Diversos estudios señalan que más del 60 % del contenido informativo consumido en redes sociales no pasa por ningún proceso de verificación. En muchos casos, se trata de opiniones personales presentadas como hechos, rumores convertidos en “exclusivas” o interpretaciones sesgadas sin sustento documental.
Además, la mayoría de estos perfiles no produce información original. Replican notas de medios formales, audios, transmisiones oficiales o publicaciones virales, muchas veces sin citar la fuente, sin contexto y sin responsabilidad posterior.
El impacto social
La consecuencia es una ciudadanía mal informada, polarizada y vulnerable a la manipulación. Se normaliza la desinformación y se desacredita al periodismo profesional bajo el falso argumento de que “todos informan igual”. No es así.

Un creador de contenido puede comunicar, opinar o entretener. Un medio de comunicación informa con rigor, ética y responsabilidad. Confundir ambas figuras es abrir la puerta al caos informativo.
En tiempos de sobreexposición digital, distinguir entre medio de comunicación y plataforma de contenido no es un asunto técnico, sino una necesidad democrática. El derecho a la información no se defiende con likes, sino con profesionalismo, veracidad y compromiso social.
Porque cuando la opinión suplanta al dato y el algoritmo reemplaza al criterio periodístico, la verdad deja de ser prioridad y la sociedad paga las consecuencias.