La fecha límite está ya a la vuelta de la esquina y, como era previsible, de 89 organizaciones que soñaron con convertirse en partido político nacional, solo dos parecen haber tomado en serio el proceso. El resto quedó atrapado entre improvisación, falta de estructura o simple protagonismo. Porque en México, pedir registro de partido se ha vuelto un deporte, pero construirlo es otra historia.
Somos México y Construyendo Sociedades de Paz son los únicos que han logrado completar las 200 asambleas distritales, requisito esencial del INE.
El primero ha encontrado su “músculo” reclutando exmilitantes de partidos tradicionales y restos de la efímera Marea Rosa, movimiento que en su momento llenó plazas pero terminó diluyéndose tras las elecciones de 2024.
El segundo, Construyendo Sociedades de Paz, carga con un historial que habla más de insistencia que de permanencia: dos veces obtuvo el registro, dos veces lo perdió en la primera elección. Mucho voluntarismo, poca fuerza real.
Del resto de aspirantes —87 nada menos— poco queda por decir. Algunos no completaron ni el trámite inicial, otros se quedaron a mitad del camino. Muchos, simplemente, tiraron la toalla antes de embarrarse las manos. Convertirse en partido suena atractivo… hasta que toca trabajar.
Si estos dos proyectos logran obtener su registro y sobreviven al 3% mínimo en la elección de 2027, se sumarían a los seis partidos que sí superaron la aduana del 2024: MORENA, PAN, PRI, MC, PT y PVEM.
Pero el verdadero fondo del asunto no está en la lista, sino en el modelo de partidos que seguimos tolerando. En México, la idea de un partido político ciudadano o moderno es la excepción. Lo común es el cacicazgo: estructuras controladas por familias o caudillos que las tratan como franquicias personales.
Ahí está el PT, que desde principios de los noventa responde a una sola mano: la de Alberto Anaya, su eterno dirigente.
El Verde Ecologista, administrado por la familia González, primero con Jorge González Torres y luego con su hijo Jorge Emilio, convertido prácticamente en heredero de una marca política.
Y Movimiento Ciudadano, férreamente conducido por Dante Delgado desde finales del siglo pasado.
La “pluralidad” mexicana tiene dueño… o varios.
La historia reciente tampoco da motivos para el optimismo: Encuentro Solidario, Redes Sociales Progresistas y Fuerza por México nacieron en 2021 y murieron ese mismo año en las urnas. El PRD, histórico en la transición democrática, no logró sobrevivir a 2024.
De ahí que el proceso actual luzca más como un ritual repetitivo que como un ejercicio real de renovación política.
Para el 25 de febrero, los aspirantes deben realizar su Asamblea Nacional Constitutiva; para el 27, entregar al INE todo en regla. Después, el instituto dictaminará qué tanto de este entusiasmo es auténtico y qué tanto es otra simulación más.
Porque si algo ha demostrado la vida partidista en México es que crear un partido es fácil.
Lo difícil es que sirva para algo más que para impulsar liderazgos personales, cobrar prerrogativas y desaparecer en la siguiente elección.
Veremos si esta vez la historia se rompe… o si simplemente se repite, como siempre.
