Querétaro, entre la postal del New York Times y la violencia que no aparece en la foto

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Por momentos, Querétaro parece vivir en dos realidades paralelas.

Por un lado, la postal internacional. El diario estadounidense The New York Times incluyó a Querétaro en su lista anual “52 Places to Go in 2026”, destacando su riqueza histórica, cultural, gastronómica y vitivinícola. La publicación describe a Santiago de Querétaro como una ciudad colonial bellamente conservada, con casonas, ex haciendas, un Centro Histórico Patrimonio Cultural de la Humanidad y una oferta culinaria vibrante que seduce al turismo nacional e internacional.

Hasta ahí, todo es cierto. Querétaro es bello, tiene historia, vino, cocina y paisajes que enamoran. Nadie lo discute.

Pero la pregunta incómoda es otra: ¿ese es el Querétaro que viven todos los días sus habitantes?

Porque el reconocimiento del New York Times no habla de seguridad, no certifica paz social ni afirma que Querétaro sea un estado libre de violencia. El diario estadounidense se limita —con toda razón— a describir un destino turístico, no una radiografía del día a día en colonias populares, paraderos de transporte público o salidas de fábricas en segundos y terceros turnos.

Sin embargo, desde el discurso oficial, el reconocimiento internacional se ha querido convertir en sinónimo de éxito integral.

El gobernador presume que, con “más tecnología y mayor presencia territorial”, la policía estatal brinda mejores resultados y que Querétaro tiene el nivel más alto de percepción de confianza en su historia. “Aquí no improvisamos”, dice, mientras se construye una narrativa donde la seguridad parece un logro consolidado.

La realidad, a ras de tierra, cuenta otra historia.

En distintos municipios queretanos se han registrado muertes en condiciones misteriosas, hechos violentos que se diluyen entre comunicados escuetos, silencios institucionales y la sensación de que “no pasa nada”. Pasa, pero no siempre se investiga, no siempre se explica y casi nunca se reconoce con la dimensión que merece.

Riqueza no es sinónimo de seguridad.
Turismo no es sinónimo de justicia.
Una buena percepción no sustituye a la realidad.

Los que sufren la inseguridad cotidiana no son quienes duermen en hoteles boutique del Centro Histórico ni quienes recorren viñedos los fines de semana. Son quienes esperan el camión de madrugada, quienes regresan tarde del trabajo, quienes viven en zonas donde la presencia policial no siempre es sinónimo de protección.

Mientras tanto, el responsable de la seguridad estatal, Iovan Pérez Hernández, convertido por algunos en una especie de “Batman queretano”, parece más parte del relato heroico que de una rendición de cuentas seria y transparente.

El Querétaro turístico existe, y merece celebrarse.
Pero también existe un Querétaro del miedo silencioso, de la violencia que no llega a los rankings internacionales ni a las listas del New York Times.

Negar esa realidad no la hace desaparecer.
Maquillarla con discursos triunfalistas, tampoco.

Porque una cosa es la ciudad que se vende al mundo y otra, muy distinta, es la que se vive todos los días.

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