La Reforma Electoral se anuncia como un parteaguas democrático. Se vende como austeridad, equidad y modernización. El discurso oficial insiste en que ahora sí se acabaron los privilegios y que el poder regresará al pueblo. Pero cuando se confronta el supuesto con la realidad política, el entusiasmo se diluye y aparece una verdad incómoda: no estamos ante una reforma ciudadana, sino ante una reforma de control.
El mensaje es claro y calculado. Eliminar 100 diputados plurinominales para “ahorrar” (El supuesto: ahorro, justicia y democracia), quitar el financiamiento a los partidos en años no electorales y reducirlo drásticamente cuando sí hay elecciones. Además, permitir la creación de nuevos partidos como muestra de apertura democrática.
En el discurso, todo es virtud. En la narrativa oficial, el pueblo gana y la política pierde. El problema es que ese relato solo funciona si se ignora quién administra el poder (La realidad: concentración, no equidad), quién gana con las reglas nuevas y quién queda fuera del juego.
La eliminación de plurinominales no castiga al sistema, castiga a la oposición. La representación proporcional, imperfecta pero necesaria, existe para equilibrar mayorías. Al desaparecerla, se fortalece artificialmente al partido dominante.
El supuesto avance democrático se convierte en una ventaja estructural para Morena. Los partidos aliados no desaparecen; se reciclan. Pierden curules federales, sí, pero son compensados con control político y presupuestal en los estados. No es una depuración del sistema, es una redistribución interna del poder.
Austeridad para unos, músculo político para otros…
La parte más delicada de la reforma no está en lo que elimina, sino en lo que diseña a futuro. Los únicos partidos con viabilidad real serán los que nazcan bajo el cobijo del oficialismo. Nuevas siglas, mismas manos.
La oposición quedará reducida a un porcentaje controlable del padrón electoral, suficiente para sostener el discurso de pluralidad, pero incapaz de alterar resultados. Elecciones sin riesgo, competencia sin posibilidad de alternancia.
No es un error de cálculo; es el cálculo mismo.

La Reforma Electoral enviada por la presidenta Claudia Sheinbaum no es ingenua ni improvisada. Es precisa. Genera aplauso social mientras consolida un sistema donde el poder no se disputa, se administra.
La distancia entre el discurso y la realidad es abismal. Lo que se anuncia como democratización, en los hechos es blindaje. Lo que se vende como ahorro, termina siendo inversión política. Y lo que se presume como pluralidad, deriva en hegemonía prolongada.
No es una reforma para fortalecer la democracia.
Es una reforma para que el poder no cambie de manos.