Una vez más, la política exterior mexicana se ventila en formato de conferencia matutina. La presidenta Claudia Sheinbaum retrasa la ‘mañanera’ para anunciar que habló con Donald Trump y, de paso, para reafirmar —frente a cámaras y titulares— que la soberanía nacional no se negocia. El guion ya es conocido: llamada breve, tono firme y un mensaje pensado más para consumo interno que para alterar realmente la relación bilateral.
Trump, fiel a su estilo, vuelve a colocar sobre la mesa la amenaza de intervenir militarmente en México con el pretexto del combate a los cárteles. No es una idea nueva ni particularmente sofisticada, pero sí peligrosa. Frente a ello, Sheinbaum responde con un “no” categórico a cualquier ayuda que implique presencia estadounidense en territorio nacional. La frase clave —“no es necesario por la soberanía de México”— funciona bien como consigna, aunque deja intacta la pregunta de fondo: ¿qué tan efectiva ha sido la estrategia mexicana para contener a los grupos criminales que Trump usa como argumento?
El problema no es rechazar la injerencia, algo políticamente inevitable y jurídicamente correcto, sino reducir la discusión a un intercambio simbólico de posturas. Mientras Trump habla para su base electoral con amenazas grandilocuentes, el gobierno mexicano responde con declaraciones que refuerzan la narrativa nacionalista, pero sin ofrecer señales claras de una estrategia de seguridad que realmente cierre la puerta a ese tipo de presiones externas.
Así, la llamada de 15 minutos termina siendo menos un ejercicio de diplomacia y más un episodio de comunicación política. Trump insiste, Sheinbaum rechaza, y ambos capitalizan el choque. La soberanía se defiende, sí, pero no solo con discursos matutinos: se defiende con resultados. Y esos, hasta ahora, siguen siendo el eslabón más débil en una relación bilateral marcada por la desconfianza, la retórica y las amenazas recurrentes.