Tiempos políticos en México 2026: aspiraciones sin filtro, chapulines y crisis de credibilidad partidista

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  • Tiempos políticos: cuando todos quieren ser candidatos

En política, los tiempos no solo marcan calendarios; también destapan ambiciones. Y cuando el reloj electoral comienza a correr, surgen aspiraciones en todos los sectores. Desde pastores y presidentes de manzana, hasta aquellos osados que encontraron en el “análisis político” una forma de mantenerse vigentes ante la clara falta de estructura y respaldo real. Después de ellos, vienen todos los demás: funcionarios públicos, ex reinas de belleza y uno que otro expresidiario que, a la par de desarrolladores inmobiliarios, han logrado sobrevivir —casi de milagro— a la feroz competencia por el poder.

Aquí aplica la frase conocida: a río revuelto, ganancia de pescadores. Y el río está más revuelto que nunca.

El momento que atraviesa la política nacional es particularmente álgido. Descalificaciones, señalamientos de corrupción, acusaciones de vínculos con la delincuencia organizada —por mencionar lo menos— forman parte del discurso cotidiano entre actores del partido en el poder y sus adversarios. La batalla no es solo electoral; es narrativa. Se pelea el control del relato público con la misma intensidad que las candidaturas.

En este contexto, pareciera que cualquiera —y lo digo con toda crudeza— puede aspirar a un cargo de elección popular o a una posición dentro de la administración pública. ¿En qué partido? En el que caiga. Porque la ideología dejó de ser brújula para convertirse en accesorio intercambiable.

En Querétaro, el fenómeno no es distinto. El reciente reclutamiento de perfiles por parte de los partidos considerados “fuerzas políticas” ha dejado ver una constante: el chapulineo como estrategia y no como excepción. El Mtro. Jerónimo Gurrola Grave lo apuntó con claridad. No es una ocurrencia, es una observación pública. Yo solo replico lo que vi y escuché. Porque en el análisis político suele ser más fácil callar que incomodar, más rentable guardar silencio que generar enemistades.

Y aquí es donde el ejercicio periodístico enfrenta su mayor dilema.

Quien escribe puede declararse imparcial, pero eso no significa ser neutral ante lo evidente. Hoy no importa el género: la violencia política aparece con cualquier pretexto. La herramienta discursiva del agravio se activa con la mínima provocación. Se descalifica, se etiqueta y se desacredita con rapidez quirúrgica.

Escribir se ha vuelto más difícil. No solo por la polarización, sino porque incluso la autenticidad se pone en duda. Ya se habla de la “redacción de inteligencia artificial” como argumento para deslegitimar opiniones. Y, sin embargo, es precisamente en este entorno donde el oficio periodístico debe salir a la luz.

No Ver, no oír y callar puede ser estrategia política. Pero en el periodismo es cobardía.

Porque si todo mundo quiere ser candidato, alguien tiene que estar dispuesto a ser contrapeso. Y ese papel, aunque incómodo, sigue siendo indispensable.

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