Cuando un gobierno anuncia que “todos los funcionarios saldrán a la calle”, conviene preguntar si se trata de una política pública o de un acto de campaña que olvidó esperar los tiempos legales. La reciente reestructuración de la estrategia “Aquí Contigo”, presentada por Luis Nava, se vende como un ejercicio de cercanía social, pero huele más a despliegue electoral que a solución institucional.
La narrativa es conocida: contacto directo, escucha ciudadana, presencia permanente en colonias y comunidades. Palabras nobles, sin duda. El problema es que llegan acompañadas de un ingrediente que descompone cualquier buena intención: más de mil funcionarios movilizados, uniformados y coordinados como brigada, recorriendo calles, plazas y eventos comunitarios. No es gestión pública; es escenografía.
Desde cuándo la eficiencia gubernamental se mide por el número de servidores públicos tocando puertas y no por resultados verificables, políticas evaluables o indicadores claros de impacto social. La administración pública no está diseñada para hacer giras, sino para resolver problemas estructurales. Y cuando se sustituye el escritorio por la selfie, algo se está desatendiendo.
Más preocupante aún es el mensaje implícito: que la cercanía solo existe cuando hay reflectores, que la escucha solo ocurre cuando hay cámara y que la presencia institucional se activa cuando conviene políticamente. Porque si ahora “saldrán todos”, la pregunta obligada es: ¿dónde estaban antes?
Actividades culturales, deportivas, recorridos territoriales y encuentros comunitarios suenan bien en el boletín, pero en la práctica recuerdan demasiado a los viejos métodos de promoción personalizada, reciclados bajo un nombre amable y un discurso socialmente correcto. La línea entre gobierno y proselitismo se vuelve peligrosamente delgada cuando la estructura del Estado se pone al servicio de la imagen.
El servicio público no necesita operativos masivos para simular cercanía. Necesita políticas coherentes, presupuestos transparentes y funcionarios que trabajen todo el año, no solo cuando la calle se convierte en pasarela.
Porque cuando la institución actúa como campaña, la ciudadanía deja de ser sujeto de derechos y se convierte, una vez más, en público objetivo.

