Morena en Querétaro no enfrenta una crisis menor ni pasajera. Lo que hoy se observa es una fractura profunda que huele más a derrota que a renovación. El distanciamiento entre la dirigente estatal del partido y su secretario general no es un simple desencuentro personal: es el síntoma visible de una guerra interna por el control, una lucha de corrientes que ha sumido al movimiento en el desgobierno y la parálisis.
A esta ruptura se suma la fragmentación ideológica y operativa de un partido que, lejos de consolidarse como alternativa de poder, parece consumirse en disputas internas. Cada grupo jala hacia su propio interés con sus propios suspirantes que surgen a la luz pública mediante encuestas raras, amañadas y por decir menos compradas ante los desatinos de la dirigencia estatal, olvidando el proyecto colectivo que alguna vez se vendió como la “esperanza de México”.
Pero lo local no ocurre en el vacío. El desgaste nacional cae como una losa sobre los estados. La salida de Adán Augusto de la cordinacion en la cámara alta, la detención del alcalde de Tequila, los escándalos del salón de belleza en el Senado y, como cereza del pastel, la imagen del presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación permitiendo que sus subordinados le limpien los zapatos, han ido minando la credibilidad del discurso moral que Morena presumía como bandera.
La narrativa del cambio se ha ido transformando en una sucesión de desatinos que parecen sacados de una mala película: poder, soberbia y simulación. Un partido que prometió ser distinto hoy se muestra atrapado en las mismas prácticas que juró erradicar. La guerra interna no distingue territorios; lo que ocurre a nivel nacional se refleja con crudeza en lo local.
En Querétaro, no importa el país, no importa la ciudadanía, no importa el proyecto. Lo único que parece importar es el control del poder. Y cuando el poder se vuelve el fin último, la derrota deja de ser una posibilidad para convertirse en una consecuencia inevitable.
Morena no solo enfrenta a la oposición; enfrenta su propio espejo. Y lo que ese espejo devuelve no es esperanza, sino una desesperanza cada vez más real.
