En tiempos electorales, los símbolos patrios y las fechas conmemorativas se convierten en la excusa perfecta para tener foro. Y no, no es pecado hacer política; el verdadero pecado es improvisarla y disfrazarla de homenaje.
El reciente acto por el natalicio de Benito Juárez no merece crítica por su intención, sino por su ejecución. Un evento apresurado, desangelado, con discursos pobres y logística de último momento. Más que una conmemoración, pareció un pretexto.
Lo que realmente llamó la atención no fue el homenaje en sí, sino la repentina confirmación de figuras políticas que, en teoría, buscan convertirse en la amalgama de un proyecto rumbo a 2027. La escena fue clara: lo importante no era la memoria histórica, sino la fotografía.
Porque de eso se trató: de reunir gente, de llenar el espacio, de simular músculo político. La clásica postal para redes, el registro visual que pretende vender unidad donde hay cálculo.

Pero más reveladora aún fue la reunión posterior. Una mesa que, lejos de proyectar una fórmula sólida, evocó más bien una suma de intereses, de ambiciones cruzadas, de lealtades frágiles. Una mesa que algunos podrían definir, sin exagerar, como de traición.
No hace falta mencionar nombres. El lector sabe leer entre líneas.
La política actual parece cada vez más un ejercicio de ilusión que de propuesta. Se privilegia la imagen sobre el contenido, el desgaste sobre la construcción, el oportunismo sobre la convicción.
Y lo más preocupante: cualquier fecha será utilizada, cualquier símbolo será manoseado, cualquier legado será reducido a utilería, con tal de avanzar en la carrera por el poder. A cualquier precio. Por encima de quien sea.
Así, no solo se banalizan los nombres históricos, sino que también se erosiona la democracia que tanto se presume. Una democracia que, entre simulaciones y atropellos, ha ido perdiendo significado.
Porque cuando todo se vuelve espectáculo, lo que se pierde no es solo el respeto a la historia, sino el respeto al ciudadano.
