San Juan del Río: aspirantes que brotan como milagros y una confianza que ya no alcanza

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En San Juan del Río los perfiles rumbo a la presidencia municipal ya no se presentan: aparecen. Salen de debajo de las piedras, del “suspiró divino”, de una revelación casi celestial que —casualmente— siempre coincide con tiempos electorales. De pronto todos aman al pueblo, todos tienen vocación de servicio y ninguno busca fortuna… aunque varios ya lleguen bastante bien acomodados.

Pero más allá del número de pretendientes o de sus discursos bien ensayados, lo que realmente debería importarnos es a quién se favorece con el voto de confianza. Porque eso es lo que está en juego hoy: confianza. Y si hacemos un poco de memoria —al menos la más cercana—, nos deben mucho. No dinero, sino algo más caro: la palabra empeñada.

Confiar nuevamente en políticos ya quemados es como recalentar la tortilla: no es que sea mala, pero empacha. Y en estos tiempos, empacharse de promesas vacías puede salir caro.

Pensar que todo es obra divina o que la política se rige por designios celestiales no es fe: es ingenuidad. No lo digo por los pastores, sino por esa costumbre tan mexicana de creer en la “palabra divina” del político, esa que se pronuncia con solemnidad y se incumple con total normalidad.

En México nos encanta la retórica antes que la realidad, el discurso grandilocuente antes que el futuro verificable. Se promete que “mañana será requetebueno”, como decía la actual gobernadora del Estado de México, y hoy vemos un territorio sumido en un vacío institucional, donde la autoridad no alcanza y la certeza se diluye. ¿Eso es lo que quiere Querétaro? ¿Esa es la visión?

Y no se trata de defender colores —ni guindas, ni azules—, porque de todos ellos ha salido algo igual de peligroso: el estado de indefensión. No hace falta exagerar, basta con mirar cómo vivimos hoy, en un país donde parece que si no recordamos el último asesinato, entonces nunca pasó. Donde la violencia se normaliza y el silencio se vuelve una estrategia de supervivencia.

Por eso el debate no debería ser quién gobierna, sino qué tan bien gobierna quien llegue. Porque en tierras mundanas, la justicia divina tarda en bajar, y la justicia terrenal suele ser selectiva, hecha a la medida del poder.

Señalar incomoda, y a veces sale más barato callar.

Pero callar también cuesta. Cuesta futuro, cuesta confianza y cuesta dignidad cívica. Y esa factura, tarde o temprano, la paga el pueblo.

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