San Juan del Río: del orgullo queretano al desgaste urbano y social

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Por años, San Juan del Río fue presentado como uno de los municipios con mayor proyección en Querétaro: punto estratégico, con historia, identidad y un potencial económico que lo colocaba como referente regional. Hoy, sin embargo, basta recorrer sus calles para entender que esa narrativa quedó atrapada en el pasado. Lo que salta a la vista no es progreso, sino abandono; no es orden, sino improvisación; no es rumbo, sino una suma de decisiones que parecen no conectar con la realidad social que vive la población.

Es imposible pasar desapercibido el paisaje urbano que se ha normalizado: pintas y grafitis extendidos por colonias y zonas céntricas, vialidades parchadas sin nivelar coladeras, banquetas irregulares y parques improvisados en calles del propio centro histórico que más parecen ocurrencias que proyectos integrales. La estética urbana no es un tema superficial: es el primer reflejo del cuidado institucional. Cuando un municipio luce descuidado, el mensaje para el ciudadano es claro: aquí nadie está poniendo orden.

A ello se suma la presencia creciente de indigencia y comercio ambulante sin control. No se trata de criminalizar la pobreza, sino de señalar la ausencia de una política pública que atienda el problema con seriedad. La calle se volvió refugio, mercado, dormitorio y escenario de conflicto. El resultado es una percepción de descomposición social que impacta directamente en la seguridad, en el turismo y en la confianza de los propios habitantes.

San Juan del Río hoy está muy lejos de convertirse en un punto atractivo del estado de Querétaro. Y no porque carezca de virtudes —las tiene—, sino porque la administración municipal no ha logrado convertirlas en un proyecto de ciudad. El municipio avanza sin narrativa clara, sin planeación visible y sin una conducción política que articule desarrollo urbano, seguridad, economía y cohesión social.

Lejos quedó aquel municipio que recibió el actual presidente municipal, Roberto Cabrera. Lo que parecía una oportunidad de consolidación terminó por estallarle la administración en las manos. No supo —o no pudo— anticipar que el deterioro no ocurre de golpe, sino por omisiones acumuladas. Hoy se observa un gobierno que reacciona tarde, que maquilla problemas y que prioriza la imagen antes que el fondo.

La crisis en los sindicatos, el descontento social y la percepción de inseguridad no son hechos aislados: son síntomas de una relación fracturada entre gobierno y ciudadanía. Cuando los trabajadores protestan, cuando los vecinos se sienten excluidos y cuando los espacios públicos dejan de ser seguros, el problema ya no es administrativo, es político y social.

Sin embargo, el gobierno municipal parece haber apostado más por la propaganda que por la transformación real. El trabajo institucional se percibe más en publicaciones de Facebook que en obras con impacto. Hay un séquito de propagandistas, sí, pero no una narrativa que amarre con la realidad que vive la gente. La comunicación oficial intenta pintar un San Juan moderno, ordenado y funcional, mientras el ciudadano camina todos los días entre baches, grafitis, comercio desbordado e inseguridad latente.

Ese divorcio entre discurso y realidad es uno de los mayores desgastes para cualquier administración. Porque la ciudadanía ya no cree en boletines, cree en resultados visibles. No se gobierna con likes, se gobierna con planeación, cercanía y decisiones firmes. Cuando el municipio se convierte en escenario de simulación, la legitimidad del gobierno comienza a erosionarse.

San Juan del Río, con grandes virtudes, hoy se ve ensombrecido por un alto desgaste social y una población dividida. Hay colonias que sienten que el centro es prioridad, mientras el centro observa cómo se degrada su propio entorno. Hay sectores productivos que piden orden, mientras otros sobreviven en la informalidad. Todo ello exige un liderazgo que concilie, no que administre la crisis desde la comodidad de la oficina.

El problema de fondo no es solo urbano: es de visión. Un municipio no se construye con acciones aisladas ni con ocurrencias de corto plazo. Se construye con un proyecto claro de ciudad, con políticas públicas que integren seguridad, movilidad, imagen urbana, desarrollo social y gobernabilidad. Hoy San Juan parece navegar sin brújula, atrapado entre la nostalgia de lo que fue y la incapacidad de definir lo que quiere ser.

Roberto Cabrera enfrenta un escenario complejo, pero también una responsabilidad histórica. Gobernar no es resistir, es transformar. Y hasta ahora, San Juan del Río no muestra señales de transformación, sino de administración del deterioro.

La pregunta que queda en el aire no es si el municipio tiene potencial —lo tiene—, sino si su gobierno está dispuesto a dejar la propaganda y asumir el costo político de ordenar, corregir y reconstruir. Porque si San Juan sigue por la misma ruta, no solo perderá atractivo: perderá identidad, cohesión social y confianza ciudadana.

Y cuando eso ocurre, ya no basta con pintar bardas o subir fotos a redes sociales. Hace falta algo que hoy parece ausente: gobierno con rumbo.

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