Segundas oportunidades: el autoengaño de la reelección y los municipios que pagan el costo en Querétaro

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  • Sueñan alcaldes los redobles de la reelección en los municipios de Querétaro

Se empiezan a escuchar discursos de continuidad, promesas recicladas y justificaciones que buscan convencer de que “ahora sí” vendrá lo que no llegó antes. Mientras tanto, empiezan también las lamentaciones silenciosas de aquellos gobiernos que concluyen su segundo periodo dejando ayuntamientos deteriorados, relaciones rotas y servicios públicos colapsados, pero que aun así consideran normal aspirar a otra oportunidad.

Para algunos, el desastre se ha vuelto paisaje; para otros, la realidad cotidiana se ha vuelto francamente insostenible.

Es verdad: ningún municipio se transforma por completo en un solo periodo. Nadie con criterio exige milagros administrativos. Sin embargo, la narrativa de la reelección ha convertido esa verdad en excusa. Porque una cosa es no alcanzar a hacerlo todo, y otra muy distinta es no resolver ni lo básico. Lo elemental. Lo mínimo indispensable para que una ciudad funcione.

San Juan del Río es hoy el ejemplo más claro de este autoengaño político. El segundo periodo del alcalde Roberto Cabrera no solo deja un municipio con vialidades dañadas, obras inconclusas y un evidente abandono urbano; deja también una administración más debilitada que la que recibió. La relación con los trabajadores sindicalizados está fracturada, los servicios públicos muestran retrocesos y la percepción ciudadana es de desgaste, no de avance.

Resulta inevitable la comparación con la administración anterior. Memo Vega lo resumía sin rodeos: “La gente lo que quiere ver son obras”. Obras terminadas, funcionales, visibles. Hoy, en cambio, se anuncian proyectos que quedan a medias, se inauguran tramos incompletos y se normaliza el retraso como si fuera parte del plan.

La avenida de Las Garzas es solo un ejemplo, pero no el único. Meses de intervención y apenas la mitad concluida, sin claridad sobre cuándo se terminará el resto. Pablo Cabrera vive una situación similar. Y así, conforme se recorre el municipio, el diagnóstico se repite: baches, coladeras hundidas, calles parchadas, espacios públicos deteriorados. No es percepción política; es experiencia diaria.

Y aun con ese saldo, hay quienes consideran legítimo pedir una segunda oportunidad no para el alcalde actual de San Juan del Río pero si para la continuidad del partido Acción Nacional. Ahí está el verdadero problema

Aqui debo parar y entender que la reelección, en teoría, debía servir para premiar buenos gobiernos y castigar los malos. En la práctica, se ha convertido en un mecanismo de supervivencia política. No se busca corregir errores, sino administrarlos; no se pretende rendir cuentas, sino reacomodarse. Incluso cambiar de partido, hacer alianzas de conveniencia o recurrir a comparsas legales se vuelve parte del manual para seguir en el poder.

Tequisquiapan, Pedro Escobedo con todo y que recicló parte de la administracion huimilpense, Tolimán, Huimilpan, Corregidora y otros municipios queretanos enfrentan esa misma tentación: retener un poder efímero, temporal, que muchas veces se usa más para servirse que para servir. La reelección deja de ser un instrumento democrático y se transforma en un salvavidas personal.

El discurso es siempre el mismo: “dennos otra oportunidad”. Pero pocas veces se responde la pregunta clave: ¿para qué? ¿Para terminar lo que no pudieron en tres años? ¿Para corregir errores que ellos mismos generaron? ¿Para profundizar un modelo que ya demostró sus límites?

La lógica popular no es caprichosa cuando afirma que las segundas partes rara vez son buenas. Y aunque existen excepciones honorables, estas son precisamente eso: excepciones. En la mayoría de los casos, un segundo periodo no mejora al primero; lo exhibe. Muestra cansancio, falta de rumbo y una peligrosa normalización de la mediocridad.

Aun así, nos dicen que votaremos. Que es nuestra obligación cívica. Y lo es. Pero también es nuestra responsabilidad decidir si queremos seguir otorgando segundas oportunidades sin resultados, sin autocrítica y sin consecuencias.

San Juan del Río, el segundo municipio más grande del estado, debería ser una advertencia, no un modelo a repetir.

No hay moraleja esta vez. Solo un señalamiento necesario sobre una realidad que ocurre frente a todos y que muchos prefieren callar, ya sea por conveniencia, por temor o por estar atrapados en el círculo vicioso del propagandismo oficial. Callar puede ser cómodo; vivir las consecuencias, no tanto.

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