- Elecciones en Querétaro: cuando la imagen pretende sustituir al trabajo comunitario.
El arranque de las campañas políticas trae consigo un fenómeno tan predecible como preocupante: la interminable pasarela de suspirantes que, con más ambición que estrategia, comienzan a desfilar ante la opinión pública en busca de una posición dentro del reparto político. Algunos creen que basta con levantar la voz, señalar adversarios, repartir apoyos o tomarse fotografías en las colonias para construir una imagen de liderazgo. Otros, convencidos de que pueden dominar cualquier tema, terminan cometiendo errores garrafales que no solamente sepultan una carrera política, sino que dejan una marca difícil de borrar: la del supuesto líder social que, en realidad, nunca pasó de ser un todólogo.
Aquellos mil usos de antaño tenían una virtud: sabían desempeñar múltiples oficios porque de ello dependía el sustento de sus familias. Hoy, algunos aspirantes parecen apropiarse de esa peculiaridad, pero con una diferencia sustancial: pretenden saber de todo, hablar de todo y opinar sobre todo, como si la política fuera una competencia de ocurrencias. En su afán de demostrar conocimientos, terminan pareciéndose más a una caricatura de sí mismos que a un proyecto serio de representación popular. Y sí, por momentos recuerdan a esos personajes de la Familia Burrón que, entre ocurrencias y pretensiones, terminaban exhibiendo sus propias contradicciones.
Y no, no se trata de una crítica abstracta. Me refiero a los múltiples perfiles que hoy buscan una posición dentro de la distribución de candidaturas y espacios políticos en Querétaro. Es necesario dejar el punto claro, una cosa es tener aspiraciones legítimas y otra muy distinta es confundir la ambición personal con el compromiso social.
La imagen política tiene fundamentos que van mucho más allá de una fotografía bien producida, un discurso aprendido o una publicación cuidadosamente diseñada para las redes sociales. Construir una imagen significa desarrollar una narrativa coherente, saber comunicar, escuchar, dialogar y, sobre todo, sostener con hechos aquello que se promete con palabras.
Un político debe reunir cualidades que no se compran con publicidad ni se consiguen por proximidad con una figura de poder. No basta con ser servil ante quien reparte las posiciones, pero tampoco sirve convertirse en un incendiario que encuentra en la confrontación su única herramienta de comunicación. Entre la obediencia ciega y el conflicto permanente existe un terreno mucho más complejo: el de la capacidad para construir acuerdos, representar intereses colectivos y resolver problemas reales.
Sin embargo, entre algunos de los llamados hijos del manto guinda, la confrontación, el señalamiento y la descalificación parecen haberse convertido en recursos recurrentes. Otros optan por construir comunidades de apoyo alrededor de liderazgos, diputaciones o grupos internos que pueden facilitarles el acceso a una candidatura. El problema no está en organizarse ni en respaldar un proyecto político; el problema aparece cuando el apoyo comunitario se convierte en una transacción y la solidaridad termina condicionada a una expectativa electoral.
Porque, si algo caracteriza a las estrategias políticas, es que casi siempre persiguen un objetivo. Los recursos que hoy se entregan, las gestiones que se presumen y las relaciones que se construyen pueden convertirse mañana en una factura que alguien espera cobrar en las urnas.
Pero ¿qué ocurre con quienes no forman parte del círculo cercano del diputado, del dirigente o de la cúpula que decide? ¿Qué sucede con aquellos que llevan años trabajando en sus comunidades, pero carecen de padrinos políticos, reflectores y acceso a las estructuras partidistas?
Mientras tanto, no faltan los personajes que crecen como nopales al amparo de una figura política: se multiplican en fotografías, aparecen en reuniones, acompañan recorridos y reproducen el discurso de quien les brinda cobijo. Parecen crecer al ritmo de su padrino, pero pocas veces queda claro si tienen raíces propias o si su presencia depende exclusivamente de la sombra que otro les proporciona.
Más de uno asegura haber trabajado durante años en favor de su comunidad. Sin embargo, su presencia pública parece intensificarse apenas un año antes de las elecciones. Entonces aparecen las visitas, las reuniones vecinales, las promesas, los recorridos y las fotografías que buscan acreditar una trayectoria que, hasta ese momento, pocos vecinos habían tenido oportunidad de conocer.
Hay que decirlo de frente: más allá de las figuras políticas de renombre, ¿a quién recuerda usted en su municipio por haber estado presente cuando no había elecciones a la vista? ¿Quién se ha preocupado de manera constante por las carencias de su colonia? ¿Quién ha acompañado a los vecinos cuando el problema no genera titulares, no produce fotografías atractivas y tampoco garantiza un beneficio político inmediato?
Pensemos, por ejemplo, en las colonias de cualquier municipio queretano. Ahí están las necesidades de pavimentación, alumbrado, agua, seguridad, transporte y servicios básicos. Ahí viven ciudadanos que no necesitan discursos grandilocuentes, sino respuestas. Personas que merecen representantes capaces de dar seguimiento a una gestión, exigir resultados y explicar con honestidad qué se puede resolver, en cuánto tiempo y con qué recursos.
No obstante, los sectores con mayores rezagos sociales suelen convertirse en escenarios recurrentes para la construcción de capital político. La necesidad abre las puertas, la carencia facilita el acercamiento y la esperanza se transforma en una oportunidad para posicionar nombres y colores partidistas.
En esos espacios, cualquier ayuda puede representar un alivio inmediato. Unos materiales, una gestión o un apoyo concreto pueden hacer una diferencia importante para una familia. El problema no es entregar ayuda ni atender una necesidad urgente; el problema es utilizar esa necesidad como instrumento de promoción personal, alimentar expectativas que difícilmente se cumplirán y hacer creer que una acción aislada equivale a una trayectoria de servicio público.
La pobreza no debería ser la materia prima de una campaña, ni la vulnerabilidad de las personas tendría que convertirse en el combustible de una candidatura. Cuando la asistencia se condiciona, cuando la promesa sustituye a la solución y cuando el ciudadano es visto únicamente como un voto potencial, el trabajo social deja de ser una convicción y se convierte en una estrategia de posicionamiento.
Y aquí aparece una de las contradicciones más profundas de la política actual: algunos aspirantes parecen convencidos de que, para llegar a una posición de elección popular, primero necesitan construir una imagen de líderes, aunque todavía no hayan demostrado que saben liderar. Buscan tener a quién representar antes de demostrar por qué merecen esa representación.
En esa lógica, la construcción de imagen termina justificando prácticas que deterioran a las propias comunidades. Se privilegia la visibilidad sobre la constancia, el discurso sobre los resultados y la cercanía con las cúpulas sobre la cercanía auténtica con los ciudadanos. La política se convierte en una pasarela donde cada aspirante intenta llamar la atención, aunque para hacerlo deba sacrificar la credibilidad que tanto presume.
Pero la representación popular no debería funcionar así. Una candidatura no tendría que ser el premio por acompañar al personaje correcto, repartir apoyos en el momento oportuno o repetir con entusiasmo las consignas del partido. Debería ser la consecuencia de una trayectoria verificable, de una capacidad demostrada para escuchar y resolver, y de una relación con la ciudadanía que sobreviva a los tiempos electorales.
Cualquier fuerza política que aspire a conservar la confianza ciudadana, enfrenta una pregunta inevitable en Querétaro: ¿está construyendo cuadros con capacidad de gobernar o simplemente acumulando aspirantes capaces de movilizar simpatías durante una elección?
Porque una cosa es tener presencia y otra tener liderazgo; una cosa es repartir apoyos y otra transformar las condiciones que hacen necesarios esos apoyos; una cosa es pertenecer a una estructura partidista y otra contar con la legitimidad de quienes viven diariamente los problemas que el aspirante promete resolver.
La gestión vecinal, el trabajo comunitario y la interlocución ciudadana no deberían quedar subordinados a la maquinaria electoral. Tampoco deberían desaparecer cuando se apagan las cámaras, se retiran los equipos de campaña y las promesas dejan de ser útiles para conseguir votos.
La política necesita menos todólogos y más personas capaces de reconocer sus límites; menos personajes obsesionados con aparecer y más ciudadanos comprometidos con permanecer; menos confrontación calculada y más capacidad para construir soluciones. Necesita representantes que comprendan que la confianza no se improvisa durante los meses previos a una elección y que el liderazgo no se hereda por cercanía con quien ocupa una posición de poder.
Al final, la pregunta para los suspirantes de Querétaro es sencilla: cuando desaparezcan las fotografías, los apoyos, las reuniones partidistas y las promesas electorales, ¿Qué quedará de su trabajo?
Si la respuesta es solamente un nombre, una imagen maltrecha y una colección de discursos, entonces no estaremos ante un liderazgo social, sino ante otro intento de convertir la necesidad ciudadana en una escalera hacia el poder.
Y esa es precisamente la diferencia entre quien busca representar a una comunidad y quien solamente busca una comunidad que lo represente en las urnas.
