Servicialismo oficial: cuando informar se convierte en servir de tapete

Comparte

La diferencia entre ser servicial y servir de tapete puede parecer irrisoria, pero en el ejercicio de la información esa diferencia termina por revelar una tragedia: la supervivencia de quienes viven de informar en un ecosistema donde, cada vez con mayor frecuencia, incomodar parece ser el principal pecado.

Y el problema no es nuevo. En buena medida tiene que ver con un nulo o deficiente proceso de negocio alrededor de la información. La fuente informativa vive de la noticia, pero no de cualquier noticia: vive de aquella que puede investigar, contrastar, explicar y publicar con independencia.

Porque informar, en esencia, significa incomodar.

Incomodar al funcionario que pretende controlar el discurso. Incomodar al empresario que quiere comprar silencio. Incomodar al político que pretende convertir la comunicación pública en propaganda. E incomodar incluso al lector cuando aquello que encuentra publicado contradice lo que quiere creer.

Ahí comienza el problema.

El espejismo de los medios

En México, el concepto de medio de comunicación suele utilizarse para englobar realidades muy distintas. Están los medios tradicionales —radio, televisión, prensa e impresos— y están los medios digitales, que utilizan portales, plataformas y redes para distribuir contenidos informativos, audiovisuales y de opinión.

También existen periodistas y profesionales de la información que trabajan de manera independiente, con actividades empresariales propias, sin pertenecer necesariamente a una empresa periodística tradicional.

Y después está ese territorio mucho más difuso que ha crecido al amparo de las redes sociales: personas que cubren acontecimientos, transmiten desde el lugar de los hechos, reproducen información, comentan, opinan y construyen audiencias sin necesariamente contar con una estructura empresarial o editorial reconocible.

Todo tiene cabida.

En México, como suele decirse, el sol sale para todos.

Y eso, en principio, es bueno.

El problema aparece cuando todos quieren ocupar el mismo lugar, pero no todos asumen las mismas responsabilidades.

El problema no es quién informa, sino cómo informa

La discusión no debería reducirse a determinar quién tiene derecho a llamarse periodista, medio, portal o comunicador. La verdadera discusión está en qué se hace con la información.

Porque una cosa es producir información y otra muy distinta es reproducirla.

Una fuente oficial emite un comunicado. Un portal lo copia. Otro lo retoma. Un tercero lo convierte en video. Un cuarto lo publica en redes. Después todos citan a todos y, al final, pareciera que existe una enorme cantidad de información circulando.

Pero muchas veces no hay información nueva.

Hay repetición.

Una cascada de contenidos que puede terminar funcionando como una gigantesca cortina de humo: mucho ruido, muchas publicaciones, muchos titulares y muy pocas preguntas.

Y mientras todos reproducen lo mismo, el problema original permanece intacto.

Aquí aparece el concepto que debería preocuparnos: el servicialismo oficial.

No se trata de servir a la sociedad mediante la información. Se trata de servir al poder mediante la información.

La diferencia es enorme.

Un medio puede mantener una relación institucional con un gobierno y seguir ejerciendo periodismo crítico. Puede recibir publicidad oficial y, aun así, publicar aquello que incomoda al anunciante. Puede entrevistar a un funcionario y al día siguiente cuestionarlo.

El problema comienza cuando la dependencia económica termina determinando la línea editorial.

Entonces la noticia deja de ser una mercancía informativa y se convierte en moneda de cambio.

La pregunta deja de ser: “¿Esto debe publicarse?”

Y comienza a ser: “¿Esto le conviene a quién?”

Ese cambio de pregunta es, quizá, una de las mayores amenazas para cualquier ecosistema informativo.

La noticia como negocio, no como favor

Un medio necesita sobrevivir. Tiene que pagar salarios, infraestructura, tecnología, traslados, cámaras, micrófonos, edición, transmisión, mantenimiento y, sobre todo, tiempo.

Investigar cuesta.

Enviar a un reportero cuesta.

Dar seguimiento a una historia durante semanas cuesta todavía más.

Por eso resulta ingenuo pensar que el periodismo puede sostenerse exclusivamente de buenas intenciones.

La información también necesita un modelo de negocio.

Pero una cosa es construir un negocio alrededor de la información y otra construir un negocio a costa de la información.

Cuando la supervivencia económica depende de no incomodar a quien paga, la independencia editorial se convierte en una ficción.

Y cuando esa ficción se repite durante suficiente tiempo, termina normalizándose.

La cascada que oculta el incendio

Quizá uno de los fenómenos más preocupantes de la comunicación contemporánea sea precisamente la saturación.

Cada minuto aparecen nuevos contenidos.

Declaraciones.

Boletines.

Fotografías.

Videos.

Infografías.

Publicaciones.

Transmisiones en vivo.

Reacciones.

Pero entre semejante abundancia existe una paradoja: podemos estar perfectamente informados sobre lo que alguien quiere que sepamos y completamente desinformados sobre aquello que realmente deberíamos investigar.

La reproducción en cascada tiene una enorme ventaja para el poder: permite llenar el espacio público de información secundaria mientras la información incómoda queda relegada.

No hace falta censurar una noticia si se puede sepultar debajo de cien noticias más.

No hace falta prohibir una pregunta si se puede llenar la conversación pública con respuestas prefabricadas.

No hace falta silenciar al periodista si se puede convertir su trabajo en una excepción dentro de un océano de contenidos complacientes.

El mercenario de la información

Y aquí aparece otra figura polémica: quien hace de la información un instrumento de negociación personal.

No necesariamente es periodista.

No necesariamente es empresario de medios.

No necesariamente tiene una estructura editorial.

Pero conoce la fuente, tiene acceso, posee una audiencia y sabe que determinada información puede tener un precio.

El problema no está en que un comunicador independiente tenga una actividad económica. El problema aparece cuando la información se utiliza como mecanismo de presión, chantaje, promoción o negociación, en lugar de como servicio público.

Ahí la frontera entre comunicar e instrumentalizar la información comienza a desaparecer.

Y cuando esa frontera desaparece, pierde la sociedad.

Informar no debería significar obedecer

La democracia necesita información incómoda.

Necesita periodistas que pregunten.

Necesita medios que investiguen.

Necesita comunicadores independientes.

Necesita también ciudadanos capaces de distinguir entre una noticia, una opinión, una propaganda y una publicación diseñada exclusivamente para generar tráfico.

El problema no es que existan muchos actores informativos.

El problema es que pretendamos que todos son lo mismo.

No lo son.

Hay empresas periodísticas, medios tradicionales, medios digitales, periodistas independientes, creadores de contenido y simples reproductores de información. Pueden coincidir en una misma plataforma, pero sus responsabilidades, métodos y objetivos pueden ser completamente distintos.

Por eso quizá haya que comenzar por una pregunta elemental:

¿Estamos frente a un medio que informa o frente a un canal que simplemente reproduce aquello que le conviene al poder?

La respuesta debería encontrarse en algo mucho más sencillo que un registro, un logotipo o miles de seguidores.

Está en la capacidad de incomodar.

Porque quien nunca incomoda a nadie probablemente no está haciendo suficientes preguntas.

Y en tiempos de servicialismo oficial, quizá esa sea precisamente la pregunta que más urge hacer.

Las Breves Informativas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *