La elección 2027 bajo la sombra

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La política vive de los hechos. Pero muchas veces se define por las percepciones.

Y hoy, en México, ambas transitan por caminos que comienzan a encontrarse.

Mientras en Estados Unidos las agencias federales endurecen su ofensiva contra las estructuras del narcotráfico, en nuestro país crece una pregunta que hace apenas unos meses parecía impensable: ¿qué ocurrirá si las investigaciones estadounidenses alcanzan a personajes de la vida política mexicana?

No es una interrogante menor.

La DEA y el Departamento de Justicia han reiterado que la captura de los grandes líderes criminales no representa el final de la estrategia. El objetivo, han dicho, es identificar las redes económicas, financieras e institucionales que durante años permitieron la expansión de organizaciones como el Cártel de Sinaloa y el CJNG.

Ese mensaje cruzó la frontera.

Y también llegó a Palacio Nacional, a los gobiernos estatales y a las dirigencias partidistas.

La oposición no dejó pasar la oportunidad. Desde hace varios años sostiene que, en distintos procesos electorales, grupos del crimen organizado habrían favorecido territorialmente a candidatos de Morena en entidades como Sinaloa, Michoacán, Guerrero, Zacatecas y Tamaulipas.

Hasta hoy, esos señalamientos no han sido acreditados por resoluciones judiciales que demuestren una operación electoral de esa naturaleza. Esa precisión es indispensable en un Estado de derecho.

Pero también lo es reconocer que la percepción pública no siempre espera a los tribunales.

Y ahí comienza el verdadero problema.

Porque la narrativa del llamado «narcogobierno», impulsada desde distintos sectores políticos y amplificada por el debate internacional, ha empezado a permear en amplios segmentos de la sociedad. No necesariamente porque existan pruebas concluyentes, sino porque coincide con una realidad imposible de ocultar: la violencia criminal sigue condicionando la vida pública en numerosas regiones del país.

Los datos hablan por sí solos.

Durante los últimos procesos electorales, México registró uno de los periodos más violentos de su historia democrática. Aspirantes asesinados, candidatos amenazados, campañas suspendidas y municipios donde la delincuencia organizada impuso condiciones que el Estado fue incapaz de impedir.

Esa realidad alimenta cualquier narrativa.

Y cuando la percepción encuentra terreno fértil, desmontarla resulta extraordinariamente difícil.

Morena llega así a la antesala de 2027 en circunstancias muy distintas a las de 2024.

Ya no existe el impulso natural de una elección presidencial.

Ya no basta con invocar el discurso de la transformación.

Ahora gobierna prácticamente todo el país.

Y gobernar significa responder por la inseguridad, por el sistema de salud, por la economía familiar, por la falta de infraestructura y por los resultados cotidianos que millones de mexicanos evalúan sin necesidad de encuestas.

Incluso desde el propio oficialismo comienzan a escucharse señales de cautela.

Ricardo Monreal ha reconocido que repetir la votación histórica obtenida en la elección presidencial será una tarea compleja. Tiene razón. El desgaste del poder alcanza a todos los gobiernos, sin excepción.

Pero existe un ingrediente adicional.

Nunca antes una elección intermedia había coincidido con un escenario internacional donde las autoridades estadounidenses anuncian investigaciones sobre posibles redes de protección política al crimen organizado.

Si esas investigaciones permanecen únicamente en el terreno de las indagatorias, el debate continuará en el ámbito político.

Si derivan en procesos judiciales contra personajes mexicanos, el impacto electoral será inevitable.

En cualquiera de los dos escenarios, Morena enfrentará un reto inédito: convencer a la ciudadanía de que su fortaleza política descansa en el respaldo de los votantes y no en la sombra de las sospechas que hoy alimentan el debate público.

Porque, al final, la democracia no se sostiene únicamente con mayorías.

Se sostiene con confianza.

Y la confianza, cuando se fractura, difícilmente se recupera con discursos.

Las elecciones de 2027 no sólo medirán la fuerza electoral del partido gobernante.

También pondrán a prueba la credibilidad de las instituciones, la capacidad del Estado para garantizar procesos libres de violencia y la madurez de una sociedad que exige certezas en medio de un ambiente saturado de acusaciones.

La pregunta permanece abierta.

No será Washington quien la responda.

Tampoco la oposición

Mucho menos la propaganda oficial.

La respuesta, como siempre ocurre en democracia, estará en las urnas. Pero antes tendrá que construirse en el terreno más complejo de todos: el de la confianza pública.

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