- El Silencio de los Cómplices.
- Contrasta la fiesta de la nueva dirigencia con el abandono de uno de sus gobernadores.
La política mexicana tiene una máxima no escrita: el éxito tiene muchos padres, pero la caída es huérfana. Lo ocurrido este fin de semana en el VIII Congreso Nacional Extraordinario de Morena fue la ejecución pública de un deslinde. El gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, pasó de ser un baluarte del movimiento en el norte a convertirse en el «innombrable» del presídium.
El vacío no solo fue físico —con una silla que deliberadamente no se reservó en el templete— sino discursivo. La respuesta dominante entre los legisladores ante los señalamientos de vínculos con el crimen organizado fue el desapego técnico. El «no lo conozco» de Manuel Huerta Ladrón de Guevara no es solo una frase; es el epitafio de una relación política que hoy resulta tóxica para las aspiraciones de pureza del partido.
Es sintomático que, mientras el aparato de Morena se renovaba con figuras como Luisa María Alcalde y Andrés Manuel López Beltrán, la figura de Rocha Moya fuera enviada al rincón de los asuntos pendientes de la Fiscalía General de la República (FGR). Morena ha aprendido rápido las viejas mañas del poder: cuando el barco hace agua por sospechas de narcotráfico, el capitán es el primero en ser lanzado por la borda para salvar el cargamento.
Incluso las voces que intentaron ser diplomáticas, como la de Gerardo Fernández Noroña, llevaban una advertencia implícita: la impunidad ya no es una garantía negociable. Por su parte, Dolores Padierna celebró, casi con alivio, que el gobernador esté «a expensas de las autoridades».
La ausencia de Sinaloa en el Congreso Nacional, incluyendo a la suplente Yeraldine Bonilla, no fue una falta de logística —La realidad incómoda— sino un mensaje político de la cúpula: en la «Nueva Etapa» de Morena, no hay espacio para fotografías que quemen.
Si bien es correcto que cualquier funcionario bajo sospecha sea investigado, el deslinde masivo de los «compañeros de lucha» deja un sabor amargo de hipocresía. Morena, que suele cerrar filas como una sola voluntad, hoy se fragmenta frente a Sinaloa. Dejan a Rocha Moya solo, no por un súbito respeto al Estado de Derecho, sino por un calculado instinto de supervivencia ante las acusaciones provenientes de Estados Unidos.
El Congreso Nacional votó por la digitalización y la nueva estructura del CEN, pero el verdadero cambio que se vio fue el de la narrativa: la lealtad en la 4T tiene un límite, y ese límite lo marcan los expedientes de la FGR. Hoy, Rubén Rocha Moya es el espejo en el que ningún morenista se quiere mirar.
