- La disputa por las candidaturas anticipa un conflicto que va más allá de los nombres: Morena abre las aspiraciones de su militancia, pero las decisiones podrían terminar resolviéndose en mesas de negociación con sus aliados. San Juan del Río es el reflejo de esa contradicción.
La elección de 2027 todavía está a meses de distancia, pero Morena ya comenzó a librar una batalla que amenaza con convertirse en uno de sus principales problemas políticos: la disputa interna por el poder.
No es una discusión menor ni una simple competencia de aspirantes. Lo que comienza a exhibirse en Querétaro es el desgaste de un movimiento que, conforme amplía sus posibilidades de acceder a posiciones de gobierno, también multiplica los grupos de interés, las aspiraciones personales y las diferencias sobre quién tiene derecho a decidir el futuro del partido.
San Juan del Río es, en este momento, uno de los escenarios donde esa tensión resulta más evidente.
La eventual participación de Ricardo Astudillo Suárez, dirigente estatal del Partido Verde, en la contienda municipal ha puesto sobre la mesa una interrogante incómoda para Morena: ¿para qué abrir la competencia a sus militantes, promover aspiraciones y permitir que distintos perfiles levanten la mano si, al final, las candidaturas pueden terminar definiéndose en una mesa de negociación entre dirigencias?
La pregunta no es retórica. Es el fondo de una disputa que comienza a enfrentar a quienes han construido el partido desde sus primeras etapas con quienes llegan respaldados por acuerdos políticos, alianzas y estructuras provenientes de otras fuerzas.
La paradoja de Morena: todos pueden aspirar, pero no todos pueden decidir
Durante años, Morena construyó buena parte de su discurso político alrededor de la participación ciudadana, la organización desde abajo y el rechazo a las decisiones cupulares.
Sin embargo, ahora que el partido debe administrar candidaturas, gobiernos y alianzas electorales, enfrenta una contradicción: la apertura de las aspiraciones no necesariamente significa que la militancia tenga la última palabra.
En San Juan del Río hay nombres que ya aparecen en la conversación política. Édgar Inzunza, Rosy Sinecio y Óscar Sandoval forman parte de los perfiles mencionados en torno a la competencia interna. A ellos se suma Ricardo Astudillo, cuya eventual participación introduce un componente adicional: la negociación con el Partido Verde.
El problema no es que existan aspirantes ni que los partidos construyan alianzas. El problema es la incertidumbre sobre las reglas reales de la competencia.
Porque una cosa es convocar a la militancia a participar y otra muy distinta garantizarle que tendrá condiciones efectivas para competir.
Si los perfiles locales deben recorrer el territorio, construir reconocimiento, organizar equipos y defender sus aspiraciones, mientras las dirigencias negocian simultáneamente la distribución de candidaturas, la pregunta sobre la utilidad de esa competencia se vuelve inevitable.
¿Se está construyendo un proceso interno para elegir representantes o solamente se está abriendo una etapa de posicionamiento político antes de que los acuerdos definan el resultado?
San Juan del Río: el costo político de negociar con los aliados
El nombre de Ricardo Astudillo ha colocado a Morena frente a una discusión que no puede reducirse a simpatías o diferencias personales.
Su eventual participación en el proyecto municipal representa un asunto de fondo: hasta dónde está dispuesto Morena a ceder espacios a sus aliados y cómo justificará esas decisiones ante sus propios militantes.
Astudillo tiene trayectoria y presencia política vinculada al Partido Verde. Su interés en participar forma parte de la dinámica de una coalición que busca construir acuerdos para 2027. Sin embargo, esa posibilidad también abre interrogantes sobre el lugar que ocuparán los cuadros morenistas en municipios donde el partido tiene estructuras y aspirantes propios.
Édgar Inzunza ha manifestado su expectativa de que se respeten los procedimientos internos y no existan favoritismos ni acuerdos anticipados. Santiago Nieto, por su parte, ha señalado que la alianza no significa que las coordinaciones municipales estén definidas y que corresponde a los órganos nacionales de Morena intervenir en los procesos de selección.
Las declaraciones permiten establecer que no existe una candidatura municipal oficialmente definida. Pero tampoco eliminan el problema político: las negociaciones de coalición pueden modificar las expectativas de los aspirantes mucho antes de que se conozcan las decisiones formales.
Y ahí está el riesgo para Morena. La inconformidad no necesariamente surge porque alguien pierda una encuesta; también puede surgir porque los participantes consideren que la decisión estaba condicionada desde antes.
La encuesta: el mecanismo que también puede alimentar la desconfianza
Morena suele presentar las encuestas como el instrumento para seleccionar a sus perfiles. En el papel, la fórmula parece sencilla: medir el reconocimiento ciudadano, evaluar el posicionamiento de los aspirantes y elegir a quienes obtengan mejores resultados conforme a los criterios establecidos.
Pero las encuestas no son una garantía automática de transparencia.
No basta con invocar las encuestas como sinónimo de democracia. También hay que explicar sus alcances y, sobre todo, establecer qué decisiones no estarán sujetas a negociaciones posteriores.
La guerra por las posiciones comienza a desgastar al movimiento
El problema de Morena no está únicamente en San Juan del Río. El municipio permite observar una tensión más amplia: el crecimiento electoral de un partido también incrementa la competencia por los espacios de poder.
Los grupos que antes compartían una causa política ahora pueden encontrarse disputando candidaturas, posiciones de gobierno y espacios de representación. Los acuerdos que en una etapa fueron necesarios para ampliar el movimiento pueden convertirse en motivos de inconformidad cuando llega el momento de repartir responsabilidades.
Los fundadores pueden cuestionar el desplazamiento de sus estructuras. Los nuevos integrantes pueden reclamar reconocimiento a su trayectoria y presencia electoral. Los aliados pueden exigir espacios como parte de los acuerdos de coalición. Y las dirigencias deben intentar conciliar intereses que no necesariamente son compatibles.
El resultado es una competencia que corre el riesgo de consumir buena parte de la energía política del partido antes de que comience formalmente el proceso electoral.
En lugar de concentrar la discusión en los problemas de San Juan del Río, sus necesidades y las propuestas para gobernar el municipio, el debate puede quedar atrapado en quién tiene más derecho a la candidatura, quién cuenta con el respaldo de determinada dirigencia y qué grupo conseguirá imponer sus condiciones.
La disputa por las posiciones comienza a ocupar el espacio que debería tener la discusión sobre los proyectos políticos.
¿Para qué abrir las aspiraciones si la decisión se tomará en las mesas de negociación?
Esta es la pregunta que Morena no puede evadir.
Si la militancia está llamada a participar, los aspirantes deben conocer las reglas. Si las encuestas serán determinantes, sus resultados deben tener un peso verificable. Si la coalición contempla distribuir candidaturas entre partidos, esa posibilidad debe explicarse desde el principio.
Lo que no resulta sostenible es promover una competencia interna sin aclarar hasta dónde llega la capacidad de decisión de quienes participan.
Porque abrir las aspiraciones y después resolver las posiciones mediante acuerdos entre dirigencias puede generar una brecha entre las expectativas de la militancia y la operación real del partido.
Y esa brecha tiene consecuencias políticas: alimenta inconformidades, debilita la confianza en los procedimientos y coloca a los liderazgos locales ante el dilema de respaldar decisiones que quizá no compartan.
La unidad no puede confundirse con disciplina obligatoria ni la negociación con participación democrática.
2027: Morena también tendrá que responder por sus propias contradicciones
La disputa de San Juan del Río todavía no tiene un desenlace oficial. Sería prematuro afirmar que Ricardo Astudillo tiene asegurada una candidatura o que alguno de los perfiles morenistas será desplazado.
Pero lo que ya está sobre la mesa es una discusión política que no desaparecerá con una fotografía de unidad entre dirigentes.
Morena tendrá que explicar cómo seleccionará a sus representantes, qué papel tendrán sus militantes y hasta dónde llegarán las concesiones a sus aliados. Santiago Nieto tendrá que conducir un proceso en el que la negociación política y la organización partidista pueden entrar en tensión.
Los aspirantes, por su parte, tendrán que demostrar si su participación responde a un proyecto político o si la competencia termina reducida a una disputa por posiciones.
La elección de 2027 todavía no comienza formalmente, pero el desgaste interno ya forma parte de la conversación.
Y la contradicción es evidente: mientras Morena invita a sus bases a levantar la mano y expresar sus aspiraciones, las dirigencias comienzan a sentarse a negociar los espacios que estarán en juego.
La gran pregunta no es solamente quién encabezará el proyecto en San Juan del Río. Es si la militancia tendrá una participación real en esa decisión o si terminará siendo convocada a competir por una candidatura cuyo destino se habrá discutido previamente en otra mesa.
Porque si las decisiones importantes se toman entre dirigentes y partidos, habrá que explicar qué significa realmente abrir la democracia interna.
En Morena, la batalla por 2027 ya comenzó. Y antes de enfrentar a sus adversarios electorales, el partido tendrá que resolver una disputa que amenaza con desgastarlo desde dentro: la guerra por el poder entre quienes aspiran a decidir y quienes ya están negociando cómo repartirlo.
