En el argot periodístico, chayote es una palabra que suele utilizarse para señalar a quienes ponen la pluma al servicio de intereses políticos o económicos. Pero hay otra pregunta que merece hacerse: ¿Cómo se le llama al político que, justo cuando comienzan a asomarse sus aspiraciones, descubre que las calles necesitan limpieza, las banquetas pintura y los vecinos una mano amiga?
¿Es vocación de servicio, compromiso social o una estrategia para ganar simpatías?
Aquí les propongo algunos nombres: políticos golondrinos, servidores públicos de temporada o benefactores de ocasión. Los más mordaces quizá prefieran llamarlos lechones gratis o chupasangre. El mote es lo de menos; lo verdaderamente importante es observar qué hay detrás de esas jornadas de ayuda que, de pronto, se multiplican cuando el calendario político comienza a resultar conveniente.
Y es que estos personajes parecen tener una habilidad extraordinaria para aparecer justo cuando más cámaras, teléfonos celulares y publicaciones en redes sociales pueden acompañar sus recorridos.
Un día limpian terrenos; al siguiente pintan banquetas. Después aparecen en las fiestas del barrio, apadrinan cumpleaños, ayudan como diableros en los mercados y se involucran en cualquier actividad que les permita estrechar manos, repartir sonrisas y demostrar que también saben ensuciarse los zapatos.
Los más audaces incluso se colocan en el papel de ciudadanos humildes, cercanos a la gente, dispuestos a cargar, barrer o trabajar bajo el sol. Sin embargo, la pregunta no es si un político puede realizar esas labores. Por supuesto que puede. La pregunta es por qué esa cercanía parece despertar justo cuando se aproximan nuevas aspiraciones políticas.
Porque una cosa es ayudar por convicción y otra muy distinta convertir la necesidad ajena en una oportunidad para construir una imagen pública.
La política de proximidad no es exclusiva de una región ni de un partido. Se reproduce en todo el país y atraviesa colores, ideologías y corrientes: izquierda, derecha, centro o cualquier otra denominación con la que se presente quien aspira a conquistar simpatías.
La fórmula parece sencilla: hacer lo que el gobierno no hace, señalar aquello que está mal y presentarse como la persona que sí escucha, sí trabaja y sí resuelve.
Pero aquí aparece una contradicción: ¿qué sucede cuando quien hoy denuncia el abandono guardó silencio durante buena parte de la administración? ¿Por qué la preocupación por las calles, los servicios públicos y las necesidades vecinales surge hasta que conviene levantar la mano y hacerse visible?
No se trata de descalificar toda iniciativa ciudadana ni de negar el valor de una jornada de limpieza, una banqueta reparada o un terreno despejado. Esas acciones pueden beneficiar a una comunidad. El problema aparece cuando el beneficio colectivo queda relegado a un segundo plano y la prioridad parece ser la fotografía, la publicación y el aplauso.
Entonces, el trabajo comunitario deja de ser solamente una acción y se convierte en un escaparate.
El espectáculo de la ayuda
En las redes sociales abundan las imágenes de políticos recogiendo basura, cortando ramas, pintando líneas sobre el pavimento o compartiendo alimentos con vecinos. Las fotografías buscan transmitir esfuerzo, sencillez y compromiso.
Sin embargo, una imagen no permite conocer toda la historia.
No sabemos, por una fotografía, cuánto tiempo se dedicó a la actividad, quién organizó el trabajo, quién pagó los materiales ni si la acción tendrá continuidad. Tampoco podemos concluir que exista simulación únicamente porque alguien decidió documentar su participación.
Lo que sí podemos exigir es congruencia.
El servicio público no debería convertirse en una representación donde el político aparece como protagonista, la necesidad social funciona como escenario y los ciudadanos terminan convertidos en espectadores de una campaña permanente.
Hay quienes trabajan después de su jornada laboral, quienes pasan horas resolviendo problemas vecinales y quienes colaboran sin esperar reconocimiento. También hay políticos que participan genuinamente en actividades comunitarias. Meterlos a todos en el mismo costal sería tan injusto como creer que cada fotografía demuestra una vocación de servicio.
La diferencia debe buscarse en los hechos: en la continuidad del trabajo, en la transparencia de los recursos, en los resultados y en la disposición para rendir cuentas cuando las cámaras ya se han marchado.
Los políticos golondrinos y la memoria ciudadana
El problema de los llamados políticos golondrinos no es que lleguen a una colonia a limpiar, pintar o ayudar. El problema es que aparezcan únicamente en temporadas de conveniencia y desaparezcan cuando las necesidades continúan.
Porque las calles no necesitan mantenimiento solamente cuando alguien quiere proyectar una imagen de cercanía. Los mercados no requieren apoyo únicamente cuando una visita puede convertirse en contenido para redes sociales. Y las familias no dejan de enfrentar dificultades cuando termina la jornada fotográfica.
La necesidad de la gente no tiene calendario electoral.
Por eso, antes de agradecer una visita, conviene observar qué ocurre después. ¿Regresa esa persona cuando ya no hay reflectores? ¿Da seguimiento a las solicitudes? ¿Explica qué puede resolver desde su posición y qué corresponde a otras autoridades? ¿Mantiene la misma disposición cuando la actividad no ofrece reconocimiento público?
Son preguntas legítimas que no buscan impedir la participación política, sino distinguir entre una acción solidaria y una estrategia de posicionamiento.
Al final, la ciudadanía no necesita políticos que solamente sepan levantar una escoba frente a una cámara. Necesita representantes capaces de escuchar, gestionar, cumplir compromisos y responder por sus decisiones.
¿Dónde estaban cuando comenzó el abandono?
Si en su colonia aparece uno de estos personajes con aspiraciones políticas, no hace falta insultarlo ni rechazar automáticamente su ayuda. Basta con hacer las preguntas que la memoria pública no debería olvidar:
¿Dónde estaba cuando comenzó el periodo de gobierno? ¿Qué hizo durante los primeros dos años? ¿Qué gestiones realizó mientras los vecinos padecían los mismos problemas que hoy denuncia? ¿Por qué decidió levantar la voz hasta ahora?
Y hay una pregunta todavía más importante: ¿qué hará cuando termine la temporada de fotografías y publicaciones?
La respuesta no estará necesariamente en sus discursos, sino en su trayectoria, sus compromisos verificables y los resultados que pueda demostrar.
Quizá el término político golondrino no aparezca en ningún diccionario oficial de la política mexicana, pero describe, en el lenguaje ciudadano, a quien parece llegar por temporadas y marcharse cuando deja de ser conveniente permanecer.
La cuestión no es impedir que los políticos ayuden. Es evitar que la ayuda se convierta en una moneda de cambio para comprar simpatías, sin que ello implique necesariamente una transacción económica.
Porque una cosa es ganarse la confianza de la gente y otra es intentar obtenerla mediante gestos calculados que no se sostienen en el tiempo.
La ciudadanía merece algo más que una jornada de limpieza, tres rayas de pintura y una fotografía con sonrisa de campaña. Merece trabajo constante, explicaciones claras y resultados que sobrevivan al último aplauso.
Y si de verdad quieren demostrar que son gente de pueblo, que empiecen por recordar que el pueblo tiene memoria.
¿Estamos frente a servidores comprometidos o ante políticos golondrinos que solo aparecen cuando la simpatía ciudadana comienza a cotizarse?
