Cuando se analiza con detenimiento la poética –y cruda– realidad política queretana, lo que se observa no es una serie de reuniones casuales, sino un despliegue estratégico para medir territorios entre los diversos aspirantes. Si bien el calendario electoral formal aún no comienza, la medición de fuerzas ya ha arrancado, anticipando las habituales rupturas y alianzas por conveniencia.
En este escenario, los pretendientes a un cargo público tejen redes con legisladores, simpatizantes y empresarios. En este punto es imperativo señalar una figura que generó particular incomodidad: el denominado «corredor económico» de la Secretaría de Economía. Dicha posición pareció operar más como una plataforma de vinculación política que como un motor de cooperación económica real.
Un ejemplo de esta dinámica es César Gutiérrez. Sin demeritar su capacidad —e incluso reconociendo el valor de sus interlocuciones, capaces de persuadir aun en un contexto nacional complejo—, resulta evidente su visión estratégica hacia el siguiente peldaño. Ambicionar no es un error. Gutiérrez posee un perfil elocuente y, a pesar de las lagunas que persisten en los procesos internos de selección, se mantiene como una figura que genera expectativas. Sin embargo, perfiles con esa capacidad de convicción son pocos; el reto radica en lo que viene después.
Este es apenas el preludio de un fenómeno que se agudizará en los próximos meses: el riesgo de una implosión interna en Morena debido a la saturación de aspirantes. Cuando de un mismo proyecto político emanan múltiples corrientes en pugna, la prioridad deja de ser la ciudadanía y la construcción de un mejor gobierno. Los ejemplos abarrotan la geografía local y comparten un mismo denominador: políticos jóvenes cuyas agendas transitan, con alarmante facilidad, entre iniciativas legislativas cuestionables y el protagonismo absoluto, respaldados por séquitos de operadores polivalentes.
Esta crisis de perfiles se manifiesta con síntomas muy particulares a lo largo del estado. En Querétaro Capital y Corregidora, el núcleo metropolitano, las agendas jóvenes alternan peligrosamente entre el desarrollo inmobiliario cuestionable y la desatención a los servicios públicos básicos, como el agua y la movilidad. En el semidesierto, Cadereyta y Ezequiel Montes padecen un abandono institucional donde las presidencias municipales son tratadas como trampolines políticos o feudos familiares, desdibujando por completo la transparencia en el manejo de los recursos. Mientras tanto, en Tequisquiapan, la gobernanza se gestiona más como una marca comercial para el turismo que como una administración comprometida con la infraestructura de sus comunidades periféricas.
Al actuar así, estos actores olvidan un principio institucional básico: la administración pública cuenta con dependencias y secretarías que deben operar bajo el amparo de su ley orgánica, sin menoscabo de la población, y garantizando la transparencia y la rendición de cuentas. La ausencia de estos pilares demuestra que ni el PAN ni Morena sostienen sus promesas de congruencia cuando asumen el poder, lo que inevitablemente deriva en un profundo descontento social, independientemente del color que gobierne.
Por ello, la máxima contemporánea de que «el queretano ya no vota por el partido, sino por el candidato» cobra hoy más vigencia que nunca. La ciudadanía se enfrenta a la complejidad de elegir bajo dos criterios fundamentales: la solidez académica y la experiencia probada, frente a la capacidad de interlocución y la entrega de resultados tangibles.
Esta reflexión queda del lado del lector. Aunque el panorama actual advierte un ambiente viciado, saturado de trayectorias en declive o perfiles con escasa vocación de servicio público, el voto de confianza debe otorgarse con estricta justicia distributiva. Al final del día, la oferta política actual nos obliga a ser sumamente minuciosos; pues analizados con rigor, la suma de las opciones apenas alcanza para cubrir las demandas de un estado como Querétaro.
