Hay una generación de jóvenes que lleva años haciendo política sin que, paradójicamente, la política parezca tener un lugar reservado para ellos.
Son los que caminan las calles, organizan reuniones, visitan colonias, tocan puertas, convocan, convencen, acompañan, construyen estructuras y mantienen encendidos los proyectos cuando todavía no hay candidaturas, reflectores ni discursos de campaña. Son los que conocen el territorio no porque lo hayan estudiado en un mapa, sino porque lo han recorrido.
Y, sin embargo, cuando llega la hora de repartir posiciones, candidaturas y espacios de decisión, muchos terminan mirando desde la orilla.
En Querétaro hay numerosos ejemplos de jóvenes que han construido desde abajo sus propias redes políticas. En Morena, como ocurre también en otros partidos y movimientos, pueden encontrarse jóvenes que han desarrollado trabajo territorial, formado equipos, encabezado grupos y conseguido una cercanía considerable con quienes toman decisiones.
El problema aparece cuando llega la hora de convertir ese trabajo en oportunidades.
Porque una cosa es construir una estructura y otra muy distinta ser considerado para encabezarla.
Ahí está una de las grandes contradicciones de la política mexicana: quienes hacen el trabajo cotidiano no necesariamente son quienes reciben los beneficios políticos de ese trabajo.
El operador territorial conoce las calles. Sabe quién participa, quién acompaña, quién tiene liderazgo en una colonia y quién solamente aparece cuando hay una fotografía. Conoce los problemas, las necesidades y, muchas veces, también las carencias de la gente.
El candidato, en cambio, puede llegar después.
Puede encontrarse con una estructura ya construida, con equipos organizados y con personas que durante meses —o años— hicieron el trabajo que después será presentado como parte del éxito de un proyecto.
Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿quién paga el costo de hacer política desde abajo?
Porque la política territorial rara vez funciona como un empleo convencional. No existe necesariamente un sueldo, un contrato, prestaciones, seguridad social o vacaciones. Para muchos militantes, simpatizantes y operadores, hacer política significa poner tiempo, dinero, automóvil, teléfono, relaciones y energía al servicio de un proyecto.
Y cuando las cosas salen bien, el triunfo tiene nombre y apellido.
Pero no siempre son los nombres de quienes caminaron.
El candidato recibe el reconocimiento. El dirigente ocupa el espacio. El grupo cercano consigue posiciones. El proyecto presume estructura.
Mientras tanto, quienes hicieron posible buena parte de ese resultado regresan a casa a revisar los bolsillos.
¿De qué viven?
¿Cómo sostienen a sus familias?
¿Cómo pagan gasolina, transporte, comidas, llamadas y los gastos que implica estar permanentemente en territorio?
Son preguntas que pocas veces aparecen en los discursos políticos. Se habla mucho del sacrificio, de la convicción y del movimiento, pero muy poco de las condiciones materiales de quienes sostienen las estructuras.
Y ese silencio también dice algo.
Porque no resulta sencillo pedirle a una persona que dedique años de su vida a construir un proyecto mientras observa cómo las oportunidades terminan concentrándose en quienes ya tienen una posición, una relación o una trayectoria dentro de la propia estructura partidista.
Tampoco es nuevo.
La política mexicana ha desarrollado una especie de escalera en la que algunos suben rápidamente mientras otros permanecen durante años cargando los materiales para construirla.
Unos llegan a la candidatura.
Otros consiguen el cargo.
Otros aparecen en la fotografía.
Y muchos más siguen haciendo llamadas, organizando reuniones, movilizando personas y esperando que algún día llegue su oportunidad.
El problema no está en que existan liderazgos con experiencia. Una organización política necesita experiencia, formación y continuidad. El verdadero problema aparece cuando la experiencia se convierte en una puerta cerrada para quienes vienen detrás.
Ahí es donde el llamado cambio generacional deja de ser discurso y se convierte en una pregunta concreta:
¿Quiénes van a ocupar los espacios que durante años ayudaron a construir?
Porque una nueva generación no debería ser solamente la que reparte volantes, administra redes sociales, organiza eventos o moviliza gente el día de la elección.
Una nueva generación también debería poder participar en la toma de decisiones.
De lo contrario, los jóvenes se convierten en la fuerza de trabajo de estructuras que continúan siendo dirigidas por los mismos de siempre.
Y entonces aparece otra contradicción: se habla de renovación mientras se reciclan los nombres.
Se habla de juventud mientras las decisiones continúan concentradas.
Se habla de territorio mientras quienes realmente conocen el territorio permanecen fuera de los espacios donde se decide.
Se habla de cuadros nuevos, pero se premia repetidamente a quienes ya ocuparon cargos.
No se trata de decir que todo político con trayectoria deba retirarse. Tampoco de sostener que la juventud, por sí misma, sea garantía de mejores resultados. La edad no sustituye la preparación, la responsabilidad ni la capacidad.
Pero sí vale la pena preguntarse por qué tantos jóvenes pasan años construyendo capital político que termina beneficiando a otros.
Y, sobre todo, qué mecanismos existen para que ese esfuerzo pueda transformarse en formación, oportunidades, responsabilidades y representación.
Porque si un joven dedica años a construir una estructura, liderar equipos, recorrer colonias y defender un proyecto, lo mínimo que debería encontrar al final del camino no es una promesa eterna de que “ya le tocará”.
La política no puede convertirse en una sala de espera permanente.
Tampoco puede exigir sacrificios indefinidos a quienes menos recursos tienen mientras las posiciones de poder permanecen concentradas entre quienes ya las han ocupado.
Quizá por eso el cambio generacional que comienza a asomarse no tenga que ver únicamente con la edad de los candidatos.
Tiene que ver con otra forma de entender el poder.
Una donde el operador no sea visto únicamente como músculo electoral; donde el militante no sea carne de cañón; donde el simpatizante no sea útil solamente durante las campañas; y donde construir una estructura no signifique trabajar para que otro coseche indefinidamente sus frutos.
Porque detrás de cada candidatura hay nombres que casi nunca aparecen en la boleta.
Hay quienes pusieron el automóvil, quienes pagaron la gasolina, quienes dejaron de estar con sus familias, quienes perdieron oportunidades laborales, quienes empeñaron relaciones personales y quienes, durante meses o años, estuvieron convenciendo a otros de que valía la pena creer en un proyecto.
Algunos llegarán.
Otros seguirán esperando.
Y quizá esa sea una de las preguntas más importantes para la política que viene: si los partidos y movimientos realmente quieren una nueva generación de dirigentes, ¿están dispuestos a abrirle espacios reales a quienes llevan años haciendo el trabajo que permite que los dirigentes lleguen?
Porque una estructura puede tener muchos nombres arriba.
Pero siempre habrá que preguntarse quiénes fueron los que la construyeron desde abajo.
Y, sobre todo, quiénes se quedaron mirando cómo otros cosechaban aquello que ellos sembraron.
