San Juan del Río: cuando el poder cambia de manos, las lealtades se ponen a prueba

La política, con todas sus aristas, tiene como principio fundamental la construcción y acumulación de poder. No solamente para decidir, sino también para entender con quién negociar, cuándo hacerlo y, sobre todo, por qué hacerlo. Esa es, en esencia, la política: saber escuchar, construir acuerdos, interpretar los escenarios y generar condiciones que permitan posicionar corrientes capaces de representar a una sociedad y, eventualmente, administrar los asuntos públicos.

Sin embargo, la política también exige entender que ningún proyecto es propiedad de una persona y que ninguna posición representa una herencia permanente. Los espacios se construyen, las estructuras se fortalecen y los liderazgos se legitiman mediante resultados, capacidad de negociación y trabajo político.

En este contexto, San Juan del Río comienza a colocarse frente a una posible reconfiguración del escenario político de Morena. La eventual llegada de Ricardo Astudillo a la coordinación de Morena en el municipio abre una discusión que va mucho más allá de un nombramiento o de un movimiento interno: representa la posibilidad de redefinir el rumbo de un proyecto político que todavía tiene asuntos pendientes con la ciudadanía.

Y es precisamente ahí donde aparece Edgar Inzunza, quien se encuentra ante una encrucijada que podría marcar su futuro político: entender que la continuidad de un proyecto no depende de una ambición personal, de una posición heredada o de la expectativa de conservar espacios, sino de la capacidad de construir una estrategia que permita reorganizar fuerzas, sumar voluntades y encontrar a los primeros oficiales que sepan conducir una nueva etapa.

Porque la política no se trata solamente de ocupar una posición, sino de saber qué hacer con ella. Y, en ocasiones, también de tener la madurez para hacerse a un lado.

Hay momentos en la política en los que el verdadero liderazgo no consiste en insistir en encabezar un proyecto, sino en reconocer quién tiene mejores condiciones para llevarlo al triunfo. Entenderlo no significa perder, mucho menos claudicar en las convicciones; significa comprender que los intereses colectivos deben estar por encima de las aspiraciones personales. Si alguien llega con mayor fuerza, capacidad de convocatoria y posibilidades reales de garantizar la victoria, lo inteligente es construir a su lado, cerrar filas y aportar desde donde sea necesario.

Eso también es hacer política. Eso también es lealtad.

Y hay que decirlo sin rodeos: saber hacerse a un lado también implica sacrificio y aguantar vara. No todo puede ser protagonismo, reconocimiento o posiciones. Hay ocasiones en las que toca ceder, aceptar que otro encabece los esfuerzos y entender que el objetivo principal no es satisfacer egos, sino ganar. Si Morena pretende construir una verdadera posibilidad de triunfo en San Juan del Río, tendrá que dejar atrás las disputas personales y entender que ninguna aspiración individual puede estar por encima de un proyecto colectivo.

Lo que no cabe en esta ecuación es el chantaje político, la soberbia ni la resistencia por el simple hecho de no querer soltar espacios. Los acuerdos se construyen con madurez, no con amenazas; las lealtades se demuestran con hechos, no con condiciones.

Lo que se escucha en determinados círculos del ambiente político tiene una referencia que apunta hacia el color verde. Es una conversación que difícilmente desaparecerá mientras sigan existiendo condiciones para un reacomodo de fuerzas y alianzas. El Partido Verde y sus actores forman parte de una ecuación política que no puede ignorarse, particularmente cuando las decisiones de los partidos pueden modificar las expectativas de quienes consideran tener asegurado un espacio dentro de un proyecto.

Pero el verdadero desafío no está en disputar posiciones, sino en entender el momento político.

Si todavía no se ha perdido el bastión sinaloense, como se interpreta en algunas lecturas del escenario político, quizá lo más sensato sea detenerse, reordenar las ideas y reconocer que los proyectos necesitan continuidad, pero también correcciones. La permanencia de una corriente política no puede descansar exclusivamente en los acuerdos del pasado ni en la expectativa de que las circunstancias electorales vuelvan a favorecerla.

La continuidad debe tener contenido, dirección y resultados.

Y aquí aparece uno de los asuntos más delicados para Morena en San Juan del Río: ¿qué proyecto se pretende continuar y con qué argumentos?

Para Edgar Inzunza, el momento exige una lectura distinta. La eventual reconfiguración de Morena en San Juan del Río y la posibilidad de que Ricardo Astudillo asuma un papel de coordinación obligan a replantear las condiciones de participación, los acuerdos y la estrategia que habrá de seguirse.

No se trata de asumir que un movimiento político garantiza automáticamente la continuidad de otro, ni de pensar que las posiciones se conservan por derecho adquirido. Se trata de comprender que los proyectos sobreviven cuando tienen capacidad de adaptación y cuando sus integrantes entienden que el interés colectivo debe estar por encima de las aspiraciones individuales.

La posible llegada de Ricardo Astudillo a la coordinación de Morena representa, en ese sentido, un escenario que obliga a revisar las reglas del juego político local. Para Edgar Inzunza, la disyuntiva está en entender que el futuro no se construye defendiendo posiciones personales, sino participando en la construcción de una estrategia que permita darle continuidad a un proyecto, corregir sus deficiencias y preparar una administración con objetivos identificables.

Porque si algo debería quedar claro en este momento es que no basta con tener aspirantes, estructuras y acuerdos. Se necesita un proyecto de ciudad.

La pregunta para Morena en San Juan del Río no es solamente quién coordinará sus esfuerzos políticos, sino quién tiene la capacidad de construir una ruta que permita pasar de la disputa por los espacios a la construcción de un proyecto de gobierno.

Y para Edgar Inzunza, quizá la decisión más importante sea comprender que la política no garantiza herencias ni posiciones permanentes: exige estrategia, capacidad de negociación y resultados. También exige humildad para reconocer cuándo alguien más puede encabezar mejor la batalla y generosidad para sumar sin pretender cobrar facturas por cada paso que se da.

En política, a veces hay que sacrificar el protagonismo para alcanzar la victoria. Hay que saber acompañar, cerrar filas y aguantar vara. Porque el objetivo no debe ser conservar una posición a cualquier precio, sino construir las condiciones para ganar San Juan del Río, sin chantajes, sin soberbia y sin anteponer intereses personales.

Porque el poder es circunstancial, las estructuras son colectivas y la responsabilidad pública siempre deja huella.

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