La decadencia de la operación política: Promesas sin votos y el espejismo de las masas en Querétaro

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En el teatro de la política moderna, pocos personajes resultan tan trágicos —y a la vez tan cínicos— como el llamado «operador político». Antaño vistos como los alquimistas del voto, capaces de movilizar voluntades y asegurar triunfos en las urnas, hoy la triste realidad de estos personajes ha quedado al descubierto. La operación política de tierra se ha convertido, en su gran mayoría, en un burdo ejercicio de supervivencia individual, donde la moneda de cambio no es la eficacia, sino la simulación y la venta de humo.

La primera gran contradicción de estos operadores es su precaria forma de trabajar. Se jactan de controlar distritos, de tener «el pulso de la calle» y de poseer estructuras inquebrantables; sin embargo, operan sin recursos propios. Su labor cotidiana no consiste en coordinar, sino en mendigar. Van de puerta en puerta solicitando apoyos, favores y prebendas bajo la eterna promesa de que «así conviene al proyecto político». En la práctica, ese supuesto control territorial no es más que una fachada: no movilizan voluntades por convicción, sino que estiran la mano para mantener a flote su propio negocio personal.

El síndrome del «sí a todo» y la retórica del vacío

Para el operador político tradicional, la palabra «no» no existe en su vocabulario, aunque sepa perfectamente que cumplir es imposible. Dicen sí a las bases, sí a los líderes de colonia, sí a los empresarios y sí a los candidatos. Esta condescendencia sistemática no nace de la eficiencia, sino de la conveniencia, de la desidia o del cálculo de futuros acuerdos y cuotas de poder.

El problema es que esta retórica de promesas vacías ya no engaña a nadie. Ningún medio de comunicación serio o analista con un mínimo de rigor se presta a escuchar discursos de supuestos éxitos que dependen enteramente de un triunfo electoral que se antoja lejano. Sin el voto que los favorezca en las urnas, la palabrería de estos personajes vale menos que el papel en el que imprimen sus folletos.

Aun así, se aferran a la simulación. En sus reuniones focalizadas, giras y recorridos de campaña, se ufanan de llenar espacios y de generar una «percepción de asistencia» como si fuera un logro monumental. Para ellos, en la política «todo suma», inclusive invitar a eventos a personas que ni siquiera votan en el estado. Es el autoengaño perfecto. Celebran la multitud sin detenerse a analizar los dos criterios sustantivos que definen una verdadera estructura electoral: ¿esa gente vota en el distrito? O mejor aún, ¿vota en el municipio? La respuesta suele ser un rotundo no, revelando un desconocimiento total de la cartografía electoral y de la realidad del territorio que dicen dominar.

La tecnología frente al voluntarismo obsoleto

Mientras estos operadores se empeñan en desgastar suela recorriendo colonias, comunidades o buscando forzar reuniones con grupos empresariales de manera improvisada, la realidad electoral les pasa por encima. Hoy en día, las elecciones se juegan bajo un control técnico y tecnológico sumamente estricto.

Quienes verdaderamente conocen el terreno y saben ganar elecciones no confían en el «olfato político» del operador tradicional; se concentran en listados de penetración y bases de datos cruzadas. Saber si un recorrido es realmente efectivo en una sección municipal o localidad requiere de una carga tecnológica y de herramientas de georreferenciación que resuelven dudas de forma científica. Pero claro, la tecnología y el análisis de datos cuestan dinero, un recurso que los simuladores prefieren evitar o del cual carecen por completo, prefiriendo mantener la mística de la caminata inútil para justificar su presupuesto.

El reciclaje de los perdedores: El caso Fuerza por México y CATEM Querétaro

Como muestra de esta degradación, hoy vemos resurgir en el escenario local a aquellos personajes y siglas que ya perdieron el registro y la elección pasada. Con un desparpajo asombroso, regresan asegurando que «ya aprendieron a trabajar» y que «esta vez sí es la buena». Es el colmo del cinismo: intentar vender la experiencia de haber perdido como si fuera un activo valioso. Aseguran un triunfo que es matemáticamente imposible con o sin candidato.

No se trata de echar tierra por capricho, sino de señalar con datos la cruda realidad de quienes no representan fuerza alguna. Basta con recordar a los actores de Fuerza por México en el estado. El líder de la Confederación Autónoma de Trabajadores y Empleados de México (CATEM) en Querétaro es el vivo ejemplo de esta debacle: un personaje que en los últimos comicios perdió hasta el apellido, arrastrando consigo un capital político inexistente. Su autodenominado «equipo gallo» hoy vale un peso, o quizás menos, en el mercado de la verdadera influencia electoral.

La política moderna ya no tolera a los mercaderes de ilusiones. Aquellos candidatos que sigan confiando sus campañas a operadores obsoletos, que viven del favor ajeno y que confunden amontonar gente con asegurar votos, están destinados a repetir la misma historia de fracaso de quienes hoy intentan volver a venderles espejitos. El tiempo de la simulación ha caducado; la era del dato y la verdadera representatividad ha llegado para quedarse.

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