La política queretana y las malas compañías: cuando el santo se acerca demasiado al diablo

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Cuando se habla de malas compañías, normalmente no es por casualidad. Hay relaciones políticas que, con el paso del tiempo, terminan revelando más de lo que sus protagonistas quisieran. Y si a eso le agregamos que aquello que se presenta como “celestial” puede terminar teniendo de celestial únicamente la misa, el dilema está servido.

No es lo mismo escuchar a Dios que ver bailar al diablo.

En política, la analogía resulta incómoda, pero pertinente: aquello que alguna vez se presentó como casto, puro e incontaminado también puede quedar expuesto al toque de aquello que pretendía combatir. Porque, como dice el viejo refrán, “al cofre abierto, hasta el santo peca”.

La política queretana atraviesa una etapa de sinsabores que no puede reducirse a un solo municipio. El fenómeno se extiende por distintas regiones del estado y alcanza municipios como Colón, Tequisquiapan, Cadereyta y San Juan del Río, donde las disputas por el control político, la narrativa oficial y el manejo de los recursos públicos forman parte de una conversación que difícilmente puede esconderse debajo de la alfombra.

En Cadereyta, por ejemplo, pretender blindar políticamente al municipio puede convertirse en el peor de los errores. La historia mexicana está llena de episodios en los que aquello que parecía controlado terminó contando una historia completamente distinta.

El problema comienza cuando un gobierno confunde el control institucional con el control del sentir ciudadano.

Y eso no ocurre solamente en Cadereyta. Los otros municipios queretanos también tienen sus propias historias: algunas se cuentan desde el oficialismo y otras desde esa otra cara de la realidad que suele aparecer cuando se apagan los reflectores, se terminan los discursos y comienzan las preguntas incómodas.

Porque en política resulta mucho más sencillo señalar aquello que conviene y aquello que provoca menos daño. El detalle es que quien hoy señala puede convertirse mañana en parte de la misma administración que cuestionaba.

El camino, entonces, se llena de pequeñas piedras.

Como diría el viejo dicho atribuido al “Pollo” escobedense: mejor repartirse el botín que pelear por él; al fin, para todos alcanza. La frase puede sonar cínica, pero describe una percepción que, para muchos ciudadanos, se vuelve cada vez más difícil de ignorar cuando las alianzas políticas parecen cambiar dependiendo de dónde esté el poder.

Y ahora, con la llegada de nuevos tiempos políticos y la multiplicación de actos, discursos y anuncios, seguramente veremos también una nueva temporada de “milagros” administrativos. Habrá abundancia, inauguraciones, cifras alentadoras y fotografías cuidadosamente seleccionadas.

Pero la política tiene memoria.

San Juan del Río ofrece un ejemplo particularmente interesante. El informe del presidente municipal pretende mostrar resultados y avances, pero la discusión pública inevitablemente termina chocando con una pregunta elemental: ¿dónde termina la rendición de cuentas y dónde comienza la propaganda?

La diferencia entre una administración que informa y una administración que presume, no está en el número de fotografías, sino en la posibilidad de contrastar lo dicho con la realidad cotidiana.

La avenida 5 de Mayo puede lucir renovada y convertirse en la postal perfecta para un informe de gobierno. Pero cualquier ciudadano podría preguntar qué ocurre en las intersecciones, en las calles secundarias y frente a los problemas que no aparecen en la fotografía oficial.

Porque antes y después de una obra existe una realidad que no siempre cabe en el discurso.

Y aquí aparece uno de los grandes problemas de la política contemporánea: cuando la realidad contradice al discurso, el cinismo termina siendo menos ofensivo que la arrogancia con la que se intenta negarla.

El asunto se vuelve todavía más delicado cuando entran en escena los servicios médicos municipales y la relación con las organizaciones sindicales.

Si existen señalamientos sobre medicamentos o prestaciones que no corresponden a las necesidades prioritarias del servicio médico, deben revisarse con documentos, contratos, padrones, facturas y auditorías. No basta con acusar; tampoco basta con negar.

La transparencia exige comprobar.

Y si, como se ha cuestionado públicamente, el SITAM tiene participación en la operación o administración de determinados servicios médicos municipales, entonces corresponde aclarar responsabilidades, mecanismos de autorización y destino de los recursos.

Porque en medio de auditorías, presupuestos que no cuadran y problemas de infraestructura, cualquier irregularidad —si se acredita— deja de ser un asunto menor.

El verdadero problema no es solamente cuánto dinero falta. Es quién tomó las decisiones, bajo qué reglas y quién estaba obligado a vigilar.

Un sindicato puede tener fuerza política. Una administración puede tener mayoría. Un funcionario puede tener el respaldo de sus superiores. Pero ninguna de esas circunstancias sustituye la obligación de rendir cuentas.

Y ahí aparece otra paradoja: quien parece tener el sartén por el mango puede terminar chamuscándose si no sabe cocinar.

No será por exposición.

Será por las consecuencias.

La política queretana está entrando en una etapa en la que las alianzas, los perfiles y las compañías tendrán que observarse con mayor atención. Porque los discursos pueden cambiar, las fotografías pueden renovarse y las inauguraciones pueden multiplicarse, pero los números, los documentos y la memoria ciudadana tienen la mala costumbre de sobrevivir a los gobiernos.

Y cuando finalmente se levante la alfombra, no siempre aparecen las mismas cosas que prometía el discurso.

A veces aparecen los baches.

Y otras veces, algo peor: las huellas de quién decidió no repararlos.

Las Breves Informativas

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