Cuando vuelen los alacranes: profesionalismo, periodismo y comunicación en tiempos de desinformación

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Hay frases que, por más absurdas que parezcan, terminan describiendo con precisión ciertos momentos de la vida pública. Resulta complicado decir que, por eso, “Dios no les dio alas a los alacranes”. Y quizá no sea una mala metáfora cuando hablamos del ejercicio profesional de la comunicación y el periodismo.

Hablar de profesionalización o profesionalismo implica, al menos, dos caminos. El primero es la preparación académica: estudiar, capacitarse, conocer las herramientas, los fundamentos, la ética y las responsabilidades que implica ejercer una actividad que tiene consecuencias en la sociedad. El segundo es un largo trayecto desarrollando la actividad hasta alcanzar un grado de experiencia que convierta al individuo en un experto empírico.

Ambos caminos son respetables.

El problema aparece en ese extraño limbo intermedio donde se encuentran miles de personas que, por azares del destino, llegaron a ejercer funciones de comunicación, periodismo, diseño o difusión sin contar con una preparación académica y, al mismo tiempo, sin la trayectoria suficiente para haber adquirido mediante la experiencia los conocimientos que exige el oficio.

Y ahí comienza el verdadero problema.

No se trata de cuestionar que una persona tenga vocación. Tampoco de afirmar que un título universitario sea una garantía automática de profesionalismo. El conocimiento no siempre viene acompañado de un diploma y, del mismo modo, un diploma tampoco garantiza criterio, ética o capacidad.

La dificultad está en aquellos que se encuentran en medio de ambos caminos y, pese a sus limitaciones, consideran que todo lo que hacen es correcto simplemente porque responde a su propia visión de las cosas.

El resultado puede ser irónico, cuando no francamente preocupante.

Hoy enfrentamos un limbo mediático en el que proliferan voces que ayer fueron señaladas, acusadas, destituidas, perseguidas o cuestionadas y que, pese a ello, terminan participando en dinámicas de desinformación bajo la conveniente excusa de que simplemente están “informando”.

Pero informar no significa repetir.

Informar implica investigar, contrastar, verificar, contextualizar y asumir la responsabilidad de lo que se publica. La libertad de expresión permite decir muchas cosas; el ejercicio profesional exige entender que no todo lo que puede decirse debe presentarse como información.

Algo similar ocurre con el diseño gráfico. El diseño ha tomado recursos, modismos y lenguajes propios del periodismo, la política y la publicidad. Su capacidad de adaptarse a prácticamente cualquier contexto es precisamente una de sus grandes virtudes. Sin embargo, esa flexibilidad también puede convertirse en un problema cuando se utiliza para fabricar apariencias de credibilidad.

Una imagen puede parecer periodística sin ser periodismo. Un mensaje puede tener apariencia institucional sin ser oficial. Una pieza gráfica puede imitar el lenguaje de un medio de comunicación y, sin embargo, contener información falsa, sesgada o manipulada.

El problema no está en utilizar esos recursos. El problema aparece cuando la forma termina sustituyendo al fondo.

Vivimos en una época en la que resulta relativamente sencillo abrir un espacio, crear una página, diseñar una identidad gráfica, publicar contenidos y presentarse ante la sociedad como comunicador, periodista, analista o especialista.

La tecnología democratizó la posibilidad de comunicar.

Pero también democratizó la posibilidad de equivocarse con una audiencia mirando.

Por eso, la preparación y la capacitación no son adornos ni requisitos burocráticos. Son mecanismos para reducir el daño. Aprender no elimina los errores, pero permite reconocerlos, corregirlos y, sobre todo, comprender cuándo una opinión es solamente una opinión y cuándo una afirmación requiere evidencia.

No hay nada malo en seguir una vocación. Al contrario: hacer aquello que apasiona puede ser una de las decisiones más valiosas de una vida. Lo verdaderamente cuestionable es asumir que la vocación, por sí sola, sustituye la preparación.

El periodismo necesita periodistas. La comunicación necesita comunicadores. El diseño necesita diseñadores. Y todos necesitan algo más que voluntad: necesitan criterio, actualización, responsabilidad y una permanente disposición para aprender.

Porque cuando dejamos de prepararnos, cuando confundimos experiencia con infalibilidad y cuando creemos que nuestra limitada visión es suficiente para explicar una realidad compleja, el problema deja de ser individual.

Entonces el error comienza a volar.

Y quizá ese sea el verdadero riesgo: que, por no entender la importancia de la preparación y la capacitación, terminemos viendo volar a los alacranes.

Y cuando eso ocurra, probablemente ya no habrá nadie preguntándose por qué les salieron alas.

Las Breves Informativas

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