La política: la farsa mejor ensayada

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Hay espectáculos que, por repetidos, dejan de sorprender; pero no por ello dejan de indignar. La política mexicana —y particularmente la que se cocina en lo local— se ha convertido en una de las farsas mejor planeadas, donde los supuestos adversarios terminan compartiendo mesa, pan y sal con una naturalidad que raya en lo inverosímil.

Basta con observar el desfile de fotografías: sonrisas forzadas, apretones de mano calculados y encuentros “casuales” en restaurantes que, más que coincidencias, parecen acuerdos cuidadosamente pactados. Las corrientes políticas que en el discurso se confrontan, en la práctica se sientan a negociar. Porque si algo ha quedado claro, es que en política no existen las lealtades, sino las conveniencias.

Así, entre acuerdos y simulaciones, se liman asperezas —y algo más—, porque el camino electoral tiene nombre y apellido, y ese no se comparte. Al final, el poder no se reparte: se disputa, se arrebata o se negocia en lo oscurito. Y mientras tanto, los vemos ir y venir: políticos, aspirantes, suspirantes y toda una fauna que incluye desde operadores hasta oportunistas que, se suman al camino rumbo a las elecciones intermedias de 2027.

En este escenario, todo cuenta. Un recorrido en comunidades, una inauguración improvisada, una toma de protesta o incluso jornadas de “limpieza ciudadana” que más que compromiso social parecen actos de campaña disfrazados. Valdría la pena pedirles que, ya que recorren el territorio, al menos regresen con un mapeo real de necesidades: por ejemplo, un padrón de baches que permita saber si hay más en San Juan del Río o en cualquier otro municipio. Eso sí sería utilidad pública, no propaganda.

Pero la realidad apunta a otro lado. Resulta difícil no cuestionar la presencia de políticos, funcionarios, líderes sociales e incluso personajes desconocidos que orbitan alrededor de las esferas de decisión, esperando “pescar hueso” o al menos algunas migajas del presupuesto. Un flujo de recursos que, en muchos casos, parece moverse con opacidad preocupante, sin fiscalización clara y con orígenes que rara vez se explican a fondo.

A esto se suma un fenómeno cada vez más visible: la irrupción de expatriados políticos y propagandistas que ya no se esfuerzan en disimular. Filtran información a conveniencia, administran narrativas y, cuando es necesario, provocan confrontaciones directas para evidenciar lo que ya resulta demasiado notorio: el miedo. Miedo a perder espacios, a quedar fuera del reparto, a que se rompan los acuerdos que sostienen esta simulación permanente.

En ese contexto, organizaciones, sindicatos y estructuras paralelas también juegan su papel, abriendo la puerta a financiamientos que levantan más dudas que certezas. Y mientras tanto, los llamados “políticos peregrinos” recorren el estado no con fe, sino con cálculo, buscando convertirse en los nuevos intermediarios del poder económico y político.

Porque al final, la clase política no solo huele el miedo. También huele la sangre. Y cuando eso ocurre, el proceso electoral deja de ser una competencia democrática para convertirse en una cacería donde lo que está en juego no es el bien común, sino el control de los recursos y del poder.

Esa es la verdadera farsa. Y lo más preocupante es que ya ni siquiera intentan disimularla.

Las Breves Informativas

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