- La política no tiene memoria. Y, por lo visto, tampoco tiene vergüenza.
En San Juan del Río parece que el calendario electoral tiene un extraño efecto sobre la memoria: borra agravios, desaparece confrontaciones, sepulta acusaciones y, como por arte de magia, convierte viejos adversarios en sonrientes compañeros de fotografía.
No hace mucho, en esta misma ciudad se hablaba de abusos, confrontaciones, demandas, despidos, señalamientos y hasta exilios políticos. Hubo trabajadores y extrabajadores municipales que hicieron públicas sus diferencias con quienes tuvieron —y todavía tienen— responsabilidades dentro de la administración pública. Hubo actores que se despedazaron políticamente, se acusaron unos a otros y prometieron que jamás volverían a sentarse en la misma mesa.
Pero eso fue ayer.
Hoy, cuando comienza a calentarse el ambiente rumbo a las elecciones intermedias de 2027, algunos de aquellos protagonistas vuelven a aparecer en desayunos, reuniones con periodistas, encuentros con dirigentes y fotografías cuidadosamente acomodadas para que nadie quede fuera del encuadre.
Porque en política, dicen, nunca se sabe.
Y vaya que no.
Aquellos que ayer se descalificaban hoy se estrechan la mano. Los que se acusaban mutuamente hoy sonríen para la cámara. Los que hablaban de abusos de poder ahora parecen descubrir las bondades de la reconciliación. Y quienes fueron víctimas o verdugos —según quién contara la historia— hoy comparten mesa con una naturalidad que ya quisieran muchos matrimonios después de veinte años de casados.
Todo sea por una posición.
La memoria, aparentemente, es un lujo que los aspirantes no pueden darse.
Y es que basta con que aparezca la posibilidad de una candidatura para que algunos descubran que las diferencias del pasado fueron solamente «malentendidos», que las descalificaciones fueron producto del calor del momento y que aquellas palabras que alguna vez incendiaron las redes sociales ahora pueden ser sustituidas por un abrazo, una fotografía y, si se puede, una disculpa pública.
Aunque algunas disculpas tienen la misma credibilidad que una promesa de campaña.
Por eso viene a cuento aquella referencia bíblica: como Pedro, algunos parecen estar en su segundo «yo no lo conozco». Falta todavía una negación para completar la trilogía.
Y mientras tanto, aparecen los nuevos coordinadores reciclados, los nuevos rostros con viejas mañas, las nuevas promesas con discursos conocidos y los mismos personajes que, con diferente camisa y diferente fotografía, vuelven a vender la idea de que ahora sí será distinto.
¿Distinto para quién?
Porque hay algo particularmente llamativo en este nuevo desfile de aspiraciones: algunos de los perfiles que hoy levantan la mano para buscar la candidatura al municipio son precisamente aquellos que en otros momentos estuvieron inmersos en las disputas, confrontaciones y señalamientos que marcaron la vida política reciente de San Juan del Río.
Y no se trata de negar a nadie el derecho a participar.
Faltaba más.
Pero una cosa es participar y otra muy distinta pretender que la sociedad también padezca amnesia.
Porque los ciudadanos sí tienen memoria.
Recuerdan quién acusó a quién. Quién fue señalado. Quién salió de una administración entre reclamos. Quién habló de abusos. Quién prometió no volver a pactar con determinado grupo. Quién dijo que jamás trabajaría al lado de determinado personaje.
Y también recuerdan quién, después de todo aquello, terminó regresando a la mesa cuando apareció la posibilidad de una posición.
En política, la dignidad parece negociable cuando hay una silla disponible.
Y si la silla no alcanza, siempre queda la posibilidad de aplaudir.
Ahí están algunos, cual abeja atraída por la miel, dejando atrás cualquier rastro de hiel para celebrar a quienes ayer cuestionaban. Aplauden, sonríen, posan y levantan la mano. Todo parece estar perdonado.
Porque chance y esta vez sí toca.
Ya ocurrió antes.
En la elección pasada, la humillación y la descalificación fueron parte del espectáculo. Hubo ataques, rompimientos, acusaciones y una buena dosis de soberbia. Pero hoy muchos de quienes protagonizaron aquella batalla parecen haber encontrado una nueva vocación: la reconciliación política.
Qué conveniente resulta olvidar cuando se aproxima la repartición.
Y no vaya usted a pensar que esto es nuevo.
Cuando uno se atreve a cuestionar a ciertos apellidos o a determinados grupos, siempre aparece algún defensor oficioso dispuesto a salir a explicar lo inexplicable, a justificar lo injustificable y, si es necesario, hasta a discutir el acento con el que se escribió una crítica.
Ya ocurrió con el apellido Inzunza.
La defensa apasionada terminó siendo casi más reveladora que la propia crítica. Y mientras algunos se ocupaban de defender al «mesías local», los acontecimientos terminaron pareciéndose demasiado a aquello que se había advertido.
Ahora, el llamado «zar de los campos llaneros» incluso amaga con mirar hacia el partido de enfrente, cargando con los negativos que —según la lectura política del momento— le dejó un parentesco incomodo.
Así funciona la política.
Un día eres aliado.
Al siguiente, adversario.
Después, víctima.
Más tarde, reconciliado.
Y finalmente, aspirante.
Todo depende de dónde esté la boleta.
Lo verdaderamente preocupante no es que los políticos cambien de opinión. Eso, aunque cuestionable, forma parte de la política.
Lo preocupante es que pretendan cambiar también la memoria colectiva.
Que crean que una fotografía borra una confrontación.
Que un desayuno elimina un agravio.
Que un abrazo sepulta una acusación.
Que una disculpa simulada convierte en inexistente aquello que ocurrió frente a los ojos de todos.
San Juan del Río entra, poco a poco, en la temporada de las nuevas promesas.
Pero cuidado: muchas de esas «nuevas» promesas vienen con expedientes políticos bastante conocidos.
Rostros nuevos, discursos reciclados, coordinadores reciclados, reconciliaciones oportunas y aspiraciones que parecen tener una sola constante: conseguir un espacio, el que sea.
Porque al final, en esta política de memoria corta, parece que la consigna es sencilla:
perder la dignidad si con eso se gana una posición.
Y mientras tanto, los ciudadanos observan.
Algunos recuerdan.
Otros se sorprenden.
Y unos cuantos, seguramente, ya preparan las palomitas.
Porque si algo ha demostrado la política sanjuanense es que todavía falta mucho para que comiencen formalmente las elecciones de 2027, pero el espectáculo de la incongruencia ya empezó.
Y apenas vamos en los desayunos.
Chance y esta vez sí toca.
